martes, 31 de mayo de 2016

JULIO CORTAZAR




Julio Cortázar
(1914-1984)


Cartas de mamá
(Las armas secretas, 1959)

         Muy bien hubiera podido llamarse libertad condicional. Cada vez que la portera le entregaba un sobre, a Luis le bastaba reconocer la minúscula cara familiar de José de San Martín para comprender que otra vez más habría de franquear el puente. San Martín, Rivadavia, pero esos nombres eran también imáenes de calles y de cosas, Rivadavia al seis mil quinientos, el caserón de Flores, mamá, el café de San Martín y Corrientes donde lo esperaban a veces los amigos, donde el mazagrán tenía un leve gusto a aceite de ricino. Con el sobre en la mano, después del Merci bien, madame Durand, salir a la calle no era ya lo mismo que el día anterior, que todos los días anteriores. Cada carta de mamá (aun antes de eso que acababa de ocurrir, este absurdo error ridículo) cambiaba de golpe la vida de Luis, lo devolvía al pasado como un duro rebote de pelota. Aun antes de eso que acababa de leer —y que ahora releía en el autobús entre enfurecido y perplejo, sin acabar de convencerse—, las cartas de mamá; eran siempre una alteración del tiempo, un pequeño escándalo inofensivo dentro del orden de cosas que Luis había querido y trazado y conseguido, calzándolo en su vida como había calzado a Laura en su vida y a París en su vida. Cada nueva carta insinuaba por un rato (porque después el las borraba en el acto mismo de contestarlas cariñosamente) que su libertad duramente conquistada, esa nueva vida recortada con feroces golpes de tijera en la madeja de lana que los demás habían llamado su vida, cesaba de justificarse, perdía pie, se borraba como el fondo de las calles mientras el autobús corría por la rue de Richelieu. No quedaba más que una parva libertad condicional, la irrisión de vivir a la manera de una palabra entre paréntesis, divorciada de la frase principal de la que sin embargo es casi siempre sostén y explicación. Y desazón, y una necesidad de contestar en seguida, como quien vuelve a cerrar una puerta.
         Esa mañana había sido una de las tantas mañanas en que llegaba carta de mamá. Con Laura hablaban poco del pasado, casi nunca del caserón de Flores. No es que a Luis no le gustara acordarse de Buenos Aires. Más bien se trataba de evadir nombres (las personas, evadidas hacía ya tanto tiempo, los verdaderos fantasmas que son los nombres, esa duración pertinaz). Un día se había animado a decirle a Laura: «Si se pudiera romper y tirar el pasado como el borrador de una carta o de un libro. Pero ahí queda siempre, manchando la copia en limpio, y yo creo que eso es el verdadero futuro.» En realidad, por qué no habían de hablar de Buenos Aires donde vivía la familia, donde los amigos de cuando en cuando adornaban una postal con frases cariñosas. Y el roto-grabado de La Nación con los sonetos de tantas señoras entusiastas, esa sensación de ya leído, de para qué. Y de cuando en cuando alguna crisis de gabinete, algún coronel enojado, algún boxeador magnífico. ¿Por qué no habían de hablar de Buenos Aires con Laura? Pero tampoco ella volvía al tiempo de antes, sólo al azar de algún diálogo, y sobre todo cuando llegaban cartas de mamá, dejaba caer un nombre o una imagen como monedas fuera de circulación, objetos de un mundo caduco en la lejana orilla del río.
         —Eh oui, fait lourd —dijo el obrero sentado frente a él.
         «Si supiera lo que es el calor —pensó Luis—. Si pudiera andar una tarde de febrero por la Avenida de Mayo, por alguna callecita de Liniers.»
   Sacó otra vez la carta del sobre, sin ilusiones: el párrafo estaba ahí, bien claro. Era perfectamente absurdo pero estaba ahí. Su primera reacción, después de la sorpresa, el golpe en plena nuca, era como siempre de defensa. Laura no debía leer la carta de mamá. Por más ridículo que fuese el error, la confusión de nombres (mamá había querido escribir «Víctor» y había puesto «Nico»), de todos modos Laura se afligiría, sería estúpido. De cuando en cuando se pierden cartas; ojalá ésta se hubiera ido al fondo del mar. Ahora tendría que tirarla al water de la oficina, y por supuesto unos días después Laura se extrañaría: «Qué raro, no ha llegado carta de tu madre.» Nunca decía tu mamá, tal vez porque había perdido a la suya siendo niña. Entonces él contestaría: «De veras, es raro. Le voy a mandar unas líneas hoy mismo», y las mandaría, asombrándose del silencio de mamá. La vida seguiría igual, la oficina, el cine por las noches, Laura siempre tranquila, bondadosa, atenta a sus deseos. Al bajar del autobús en la rue de Rennes se preguntó bruscamente (no era una pregunta, pero cómo decirlo de otro modo) por qué no quería mostrarle a Laura la carta de mamá. No por ella, por lo que ella pudiera sentir. No le importaba gran cosa lo que ella pudiera sentir, mientras lo disimulara. (¿No le importaba gran cosa lo que ella pudiera sentir, mientras lo disimulara?) No, no le importaba gran cosa. (¿No le importaba?) Pero la primera verdad, suponiendo que hubiera otra detrás, la verdad inmediata por decirlo así, era que le importaba la cara que pondría Laura, la actitud de Laura. Y le importaba por él, naturalmente, por el efecto que le haría la forma en que a Laura iba a importarle la carta de mamá. Sus ojos caerían en un momento dado sobre el nombre de Nico, y él sabéa que el mentón de Laura empezaría a temblar ligeramente, y después Laura diría: «Pero qué raro... ¿qué le habrá pasado a tu madre?» Y él habría sabido todo el tiempo que Laura se contenía para no gritar, para no esconder entre las manos un rostro desfigurado ya por el llanto, por el dibujo del nombre de Nico temblándole en la boca.


         En la agencia de publicidad donde trabajaba como diseñador, releyó la carta, una de las tantas cartas de mamá, sin nada de extraordinario fuera del párrafo donde se habáa equivocado de nombre. Pensó si no podría borrar la palabra, reemplazar Nico por Víctor, sencillamente reemplazar el error por la verdad, y volver con la carta a casa para que Laura la leyera. Las cartas de mamá interesaban siempre a Laura, aunque de una manera indefinible no le estuvieran destinadas. Mamá le escribía a él; agregaba al final, a veces a mitad de la carta, saludos muy cariñosos para Laura. No importaba, las leía con el mismo interés, vacilando ante alguna palabra ya retorcida por el reuma y la miopía. «Tomo Saridón, y el doctor me ha dado un poco de salicilato...» Las cartas se posaban dos o tres días sobre la mesa de dibujo; Luis hubiera querido tirarlas apenas las contestaba, pero Laura las releía, a las mujeres les gusta releer las cartas, mirarlas de un lado y de otro, parecen extraer un segundo sentido cada vez que vuelven a sacarlas y a mirarlas. Las cartas de mamá eran breves, con noticias domésticas, una que otra referencia al orden nacional (pero esas cosas que ya se sabían por los telegramas de Le Monde, llegaban siempre tarde por su mano). Hasta podía pensarse que las cartas eran siempre la misma, escueta y mediocre, sin nada interesante. Lo mejor de mamá era que nunca se había abandonado a la tristeza que debía causarle la ausencia de su hijo y de su nuera, ni siquiera al dolor —tan a gritos, tan a lágrimas al principio— por la muerte de Nico. Nunca, en los dos años que llevaban ya en París, mamá había mencionado a Nico en sus cartas. Era como Laura, que tampoco lo nombraba. Ninguna de las dos lo nombraba, y hacía más de dos años que Nico había muerto. La repentina mención de su nombre a mitad de la carta era casi un escándalo. Ya el solo hecho de que el nombre de Nico apareciera de golpe en una frase, con la N larga y temblorosa, la o con una torcida; pero era peor, porque el nombre se situaba en una frase incomprensible y absurda, en algo que no podía ser otra cosa que un anuncio de senilidad. De golpe mamá perdía la noción del tiempo, se imaginaba que... El párrafo venía después de un breve acuse de recibo de una carta de Laura. Un punto apenas marcado con la débil tinta azul comprada en el almacén del barrio, y a quemarropa: «Esta mañana Nico preguntó por ustedes.» El resto seguía como siempre: la salud, la prima Matilde se había caído y tenía una clavícula sacada, los perros estaban bien. Pero Nico había preguntado por ellos.
         En realidad hubiera sido fácil cambiar Nico por Víctor, que era el que sin duda había preguntado por ellos. El primo Víctor, tan atento siempre. Víctor tenía dos letras más que Nico, pero con una goma y habilidad se podían cambiar los nombres. Esta mañana Víctor preguntó por ustedes. Tan natural que Víctor pasara a visitar a mamá y le preguntara por los ausentes.


         Cuando volvió a almorzar, traía intacta la carta en el bolsillo. Seguía dispuesto a no decirle nada a Laura, que lo esperaba con su sonrisa amistosa, el rostro que parecía haberse dibujado un poco desde los tiempos de Buenos Aires, como si el aire gris de París le quitara el color y el relieve. Llevaban más de dos años en París, habían salido de Buenos Aires apenas dos meses después de la muerte de Nico, pero en realidad Luis se había considerado como ausente desde el día mismo de su casamiento con Laura. Una tarde, después de hablar con Nico que estaba ya enfermo, se había jurado escapar de la Argentina, del caserón de Flores, de mamá y los perros y su hermano (que ya estaba enfermo). En aquellos meses todo había girado en torno a él como las figuras de una danza. Nico, Laura, mamá, los perros, el jardín. Su juramento había sido el gesto brutal del que hace trizas una botella en la pista, interrumpe el baile con un chicotear de vidrios rotos. Todo había sido brutal en eso días: su casamiento, la partida sin remilgos ni consideraciones para con mamá, el olvido de todos los deberes sociales, de los amigos entre sorprendidos y desencantados. No le había importado nada, ni siquiera el asomo de protesta de Laura. Mamá se quedaba sola en el caserón, con los perros y los frascos de remedios, con la ropa de Nico colgada todavía en un ropero. Que se quedara, que todos se fueran al demonio. Mamá había parecido comprender, ya no lloraba a Nico y andaba como antes por la casa, con la fría y resuelta recuperación de los viejos frente a la muerte. Pero Luis no quería acordarse de lo que había sido la tarde de la despedida, las valijas, el taxi en la puerta, la casa ahí con toda la infancia, el jardín donde Nico y él habían jugado a la guerra, los dos perros indiferentes y estúpidos. Ahora era casi capaz de olvidarse de todo eso. Iba a la agencia, dibujaba afiches, volvía a comer, bebía la taza de café que Laura le alcanzaba sonriendo. Iban mucho al cine, mucho a los bosques, conocían cada vez mejor París. Habían tenido suerte, la vida era sorprendentemente fácil, el trabajo pasable, el departamento bonito, las películas excelentes. Entonces llegaba carta de mamá.
         No las detestaba; si le hubieran faltado habría sentido caer sobre él la libertad como un peso insoportable. Las cartas de mamá le traían un tácito perdón (pero de nada había que perdonarlo), tendían el puente por donde era posible seguir pasando. Cada una lo tranquilizaba o lo inquietaba sobre la salud de mamá, le recordaba la economía familiar, la permanencia de un orden. Y a la vez odiaba ese orden. Y a la vez odiaba ese orden y lo odiaba por Laura, porque Laura estaba en París pero cada carta de mamá la definía como ajena, como cómplice de ese orden que el había repudiado una noche en el jardín, después de oír una vez más la tos apagada, casi humilde de Nico.
   No, no le mostraría la carta. Era innoble sustituir un nombre por otro, era intolerable que Laura leyera la frase de mamá. Su grotesco error, su tonta torpeza de un instante —la veía luchando con una pluma vieja, con el papel que se ladeaba, con su vista insuficiente—, crecería con Laura como una semilla fácil. Mejor tirar la carta (la tiró esa tarde misma) y por la noche ir al cine con Laura, olvidarse lo antes posible de que Víctor había preguntado por ellos. Aunque fuera Víctor, el primo tan bien educado, olvidarse de que Víctor había preguntado por ellos.


         Diabólico, agazapado, relamiéndose, Tom esperaba que Jerry cayera en la trampa. Jerry no cayó, y llovieron sobre Tom catástrofes incontables. Después Luis compró helados, los comieron mientras miraban distraídamente los anuncios en colores. Cuando empezó la película, Laura se hundió un poco más en su butaca y retiró la mano del brazo de Luis. Él la sentía otra vez lejos, quién sabe si lo que miraban juntos era ya la misma cosa para los dos, aunque más tarde comentaran la película en la calle o en la cama. Se preguntó (no era una pregunta, pero cómo decirlo de otro modo) si Nico y Laura habían estado así de distantes en los cines, cuando Nico la festejaba y salían juntos. Probablemente habían conocido todos los cines de Flores, toda la rambla estúpida de la calle Lavalle, el león, el atleta que golpea el gongo, los subtítulos en castellano por Carmen de Pinillos, los personajes de esta película son ficticios, y toda relación... Entonces, cuando Jerry había escapado de Tom y empezaba la hora de Bárbara Stanwyck o de Tyron Power, la mano de Nico se acostaría despacio sobre el muslo de Laura (el pobre Nico, tan tímido, tan novio), y los dos se sentirían culpables de quién sabe qué. Bien le constaba a Luis que no habían sido culpables de nada definitivo; aunque no hubiera tenido la más deliciosa de las pruebas, el veloz desapego de Laura por Nico hubiera bastado para ver en ese noviazgo un mero simulacro urdido por el barrio, la vecindad, los círculos culturales y recreativos que son la sal de Flores. Había bastado el capricho de ir una noche a la misma sala de baile que frecuentaba Nico, el azar de una presentación fraternal. Tal vez por eso, por la facilidad del comienzo, todo el resto había sido inesperadamente duro y amargo. Pero no quería acordarse ahora, la comedia había terminado con la blanda derrota de Nico, su melancólico refugio en una muerte de tísico. Lo raro era que Laura no lo nombrara nunca, y que por eso tampoco él lo nombrara, que Nico no fuera ni siquiera el difunto, ni siquiera el cuñado muerto, el hijo de mamá. Al principio le había traído un alivio después del turbio intercambio de reproches, del llanto y los gritos de mamá, de la estúpida intervención del tío Emilio y del primo Víctor (Víctor preguntó esta mañana por ustedes), el casamiento apresurado y sin más ceremonia que un taxi llamado por teléfono y tres minutos delante de un funcionario con caspa en las solapas. Refugiados en un hotel de Adrogué, lejos de mamá y de toda la parentela desencadenada, Luis había agradecido a Laura que jamás hiciera referencia al pobre fantoche que tan vagamente había pasado de novio a cuñado. Pero ahora, con un mar de por medio, con la muerte y dos años de por medio, Laura seguía sin nombrarlo, y él se plegaba a su silencio por cobardía, sabiendo que en el fondo ese silencio lo agraviaba por lo que tenía de reproche, de arrepentimiento, de algo que empezaba a parecerse a la traición. Más de una vez había mencionado expresamente a Nico, pero comprendía que eso no contaba, que la respuesta de Laura tendía a desviar la conversación. Un lento territorio prohibido se había ido formando poco a poco en su lenguaje, aislándolos de Nico, envolviendo su nombre y su recuerdo en un algodón manchado y pegajoso. Y del otro lado mamá hacía lo mismo, confabulaba inexplicablemente en el silencio. Cada carta hablaba de los perros, de Matilde, de Víctor, del salicilato, del pago de la pensión. Luis había esperado que alguna vez mamá aludiera a su hijo para aliarse con ella frente a Laura, obligar cariñosamente a Laura a que aceptara la existencia póstuma de Nico. No porque fuera necesario, a quién le importaba nada de Nico vivo o muerto, pero la tolerancia de su recuerdo en el panteón del pasado hubiera sido la oscura, irrefutable prueba de que Laura lo había olvidado verdaderamente y para siempre. Llamado a la plena luz de su nombre el íncubo se hubiera desvanecido, tan débil e inane como cuando pisaba la tierra. Pero Laura seguía callando el nombre de Nico, y cada vez que lo callaba, en el momento preciso en que hubiera sido natural que lo dijera y exactamente lo callaba, Luis sentía otra vez la presencia de Nico en el jardín de Flores, escuchaba su tos discreta preparando el más perfecto regalo de bodas imaginable, su muerte en plena luna de miel de la que había sido su novia, del que había sido su hermano.


         Una semana más tarde Laura se sorprendió de que no hubiera llegado carta de mamá. Barajaron las hipótesis usuales, y Luis escribió esa misma tarde. La respuesta no lo inquietaba demasiado, pero hubiera querido (lo sentía al bajar las escaleras por la mañana) que la portera le diera a él la carta en vez de subir al tercer piso. Una quincena más tarde reconoció el sobre familiar, el rostro del almirante Brown y una vista de las cataratas del Iguazú. Guardó el sobre antes de salir a la calle y contestar el saludo de Laura asomada a la ventana. Le pareció ridículo tener que doblar la esquina antes de abrir la carta. El Boby se había escapado a la calle y unos días después había empezado a rascarse, contagio de algún perro sarnoso. Mamá iba a consultar a un veterinario amigo del tío Emilio, porque no era cosa de que el Boby le pegara la peste al Negro. El tío Emilio era de parecer que los bañara con acaroína, pero ella ya no estaba para esos trotes y sería mejor que el veterinario recetara algún polvo insecticida o algo para mezclar con la comida. La señora de la lado tenía un gato sarnoso, vaya a saber si los gatos no eran capaces de contagiar a los perros, aunque fuera a través del alambrado. Pero qué les iba a interesar a ellos esas charlas de vieja, aunque Luis siempre había sido muy cariñoso con los perros y de chico hasta dormía con uno a los pies de la cama, al revés de Nico que no le gustaban mucho. La señora de al lado aconsejaba espolvorearlos con dedeté por si no era sarna, los perros pescan toda clase de pestes cuando andan por la calle; en la esquina de Bacacay paraba un circo con animales raros, a lo mejor había microbios en el aire, esas cosas. Mamá no ganaba para sustos, entre el chico de la modista que se había quemado el brazo con leche hirviendo y el Boby sarnoso.
         Después había como una estrellita azul (la pluma cucharita que se enganchaba en el papel, la exclamación de fastidio de mamá) y entonces unas reflexiones melancólicas sobre lo sola que se quedaría si también Nico se iba a Europa como parecía, pero ese era el destino de los viejos, los hijos son golondrinas que se van un día, hay que tener resignación mientras el cuerpo vaya tirando. La señora de al lado...
         Alguien empujó a Luis, le soltó una rápida declaración de derechos y obligaciones con acento marsellés. Vagamente comprendió que estaba estorbando el paso de la gente que entraba por el angosto corredor al métro. El resto del día fue igualmente vago, telefoneó a Laura para decirle que no iría a almorzar, pasó dos horas en un banco de plaza releyendo la carta de mamá, preguntándose qué debería hacer frente a la insania. Hablar con Laura, antes de nada. Por qué (no era una pregunta, pero cómo decirlo de otro modo) seguir ocultándole a Laura lo que pasaba. Ya no podía fingir que esta carta se había perdido como la otra, ya no podía creer a medias que mamá se había equivocado y escrito Nico por Víctor, y que era tan penoso que se estuviera poniendo chocha. Resueltamente esas cartas eran Laura, eran lo que iba a ocurrir con Laura. Ni siquiera eso: lo que ya había ocurrido desde el día de su casamiento, la luna de miel en Adrogué, las noches en que se habían querido desesperadamente en el barco que los traía a Francia. Todo era Laura, todo iba a ser Laura ahora que Nico quería venir a Europa en el delirio de mamá. Cómplices como nunca, mamá le estaba hablando a Laura de Nico, le estaba anunciando que Nico iba a venir a Europa, y lo decía así, Europa a secas, sabiendo tan bien que Laura comprendería que Nico iba a desembarcar en Francia, en París, en una casa donde se fingía exquisitamente haberlo olvidado, pobrecito.
         Hizo dos cosas: escribió al tío Emilio señalándole los síntomas que lo inquietaban y pidiéndole que visitara inmediatamentte a mamá para cerciorarse y tomar las medidas del caso. Bebió un coñac tras otro y anduvo a pie hacia su casa para pensar en el camino lo que debía decirle a Laura, porque al fin y al cabo tenía que hablar con Laura y ponerla al corriente. De calle en calle fue sintiendo cómo le costaba situarse en el presente, en lo que tendría que suceder media hora más tarde. La carta de mamá lo metía, lo ahogaba en la realidad de esos dos años de vida en París, la mentira de una paz traficada, de una felicidad de puertas para afuera, sostenida por diversiones y espectáculos, de un pacto involuntario de silencio en que los dos se desunían poco a poco como en todos los pactos negativos. Sí, mamá, sí, pobre Boby sarnoso, mamá. Pobre Boby, pobre Luis, cuánta sarna, mamá. Un baile del club de Flores, mamá, fui porque él insistía, me imagino que quería darse corte con su conquista. Pobre Nico, mamá, con esa tos seca en que nadie creía todavía, con ese traje cruzado a rayas, esa peinada a la brillantina, esas corbatas de rayón tan cajetillas. Uno charla un rato, simpatiza, cómo no vas a bailar esa pieza con la novia del hermano, oh, novia es mucho decir, Luis, supongo que puedo llamarlo Luis, verdad. Pero sí, me extraña que Nico no la haya llevado a casa todavía, usted le va a caer tan bien a mamá. Este Nico es más torpe, a que ni siquiera habló con su papá. Tímido, sí, siempre fue igual. Como yo. ¿De qué se ríe, no me cree? Pero si yo no soy lo que parezco... ¿Verdad que hace calor? De veras, usted tiene que venir a casa, mamá va a estar encantada. Vivimos los tres solos, con los perros. Che Nico, pero es una vergüenza, te tenías esto escondido, malandra. Entre nosotros somos así, Laura, nos decimos cada cosa. Con tu permiso, yo bailaría este tango con la señorita.
         Tan poca cosa, tan fácil, tan verdaderamente brillantina y corbata rayón. Ella había roto con Nico por error, por ceguera, porque el hermano rana había sido capaz de ganar de arrebato y darle vuelta la cabeza. Nico no juega al tenis, qué va a jugar, usted no lo saca del ajedrez y la filatelia, hágame el favor. Callado, tan poca cosa el pobrecito, Nico se había ido quedando atrás, perdido en un rincón del patio, consolándose con el jarabe pectoral y el mate amargo. Cuando cayó en cama y le ordenaron reposo coincidió justamente con un baile en Gimnasia y Esgrima de Villa del Parque. Uno no se va a perder esas cosas, máxime cuando va a tocar Edgardo Donato y la cosa promete. A mamá le parecía tan bien que él sacara a pasear a Laura, le había caído como una hija apenas la llevaron una tarde a la casa. Vos fijate, mamá, el pibe está débil y capaz que le hace impresión si uno le cuenta. Los enfermos como él se imaginan cada cosa, de fija que va a creer que estoy afilando con Laura. Mejor que no sepa que vamos a Gimnasia. Pero yo no le dije eso a mamá, nadie de casa se enteró nunca que andábamos juntos. Hasta que se mejorara el enfermito, claro. Y así el tiempo, los bailes, dos o tres bailes, las radiografías de Nico, después el auto del petiso Ramos, la noche de la farra en casa de la Beba, las copas, el paseo en auto hasta el puente del arroyo, una luna, esa luna como una ventana de hotel allá arriba, y Laura en el auto negándose, un poco bebida, las manos hábiles, los besos, los gritos ahogados, la manta de vicuña, la vuelta en silencio, la sonrisa de perdón.
         La sonrisa era casi la misma cuando Laura le abrió la puerta. Había carne al horno, ensalada, un flan. A las diez vinieron unos vecinos que eran sus compañeros de canasta. Muy tarde, mientras se preparaban para acostarse, Luis sacó la carta y la puso sobre la mesa de luz.
         —No te hablé antes porque no quería afligirte. Me parece que mamá...
         Acostado, dándole la espalda, esperó. Laura guardó la carta en el sobre, apagó el velador. La sintió contra él, no exactamente contra pero la oía respirar cerca de su oreja.
         —¿Vos te das cuenta? —dijo Luis, cuidando su voz.
         —Sí. ¿No creés que se habrá equivocado de nombre?
         Tenía que ser. Peón cuatro rey, peón cuatro rey. Perfecto.
         —A lo mejor quizo poner Víctor —dijo, clavándose lentamente las uñas en la palma de la mano.
         —Ah, claro. Podría ser —dijo Laura. Caballo rey tres alfil.
         Empezaron a fingir que dormían.


         A Laura le había parecido bien que el tío Emilio fuera el único en enterarse, y los días pasaron sin que volvieran a hablar de eso. Cada vez que volvía a casa, Luis esperaba una frase o un gesto insólitos en Laura, un claro en esa guardia perfecta de calma y de silencio. Iban al cine como siempre, hacían el amor como siempre. Para Luis ya no había en Laura otro misterio que el de su resignada adhesión a esa vida en la que nada había llegado a ser lo que pudieron esperar dos años atrás. Ahora la conocía bien, a la hora de las confrontaciones definitivas tenía que admitir que Laura era como había sido Nico, de las que se quedan atrás y sólo obran por inercia, aunque empleara a veces una voluntad casi terrible en no hacer nada, en no vivir de veras para nada. Se hubiera entendido mejor con Nico que con él, y los dos lo venían sabiendo desde el día de su casamiento, desde las primerras tomas de posición que siguen a la blanda aquiescencia de la luna de miel y el deseo. Ahora Laura volvía a tener la pesadilla. Soñaba mucho, pero la pesadilla era distinta, Luis la reconocía entre muchos otros movimientos de su cuerpo, palabras confusas o breves gritos de animal que se ahoga. Había empezado a bordo, cuando todavía hablaban de Nico porque Nico acababa de morir y ellos se habían embarcado unas pocas semanas después. Una noche, después de acordarse de Nico y cuando ya se insinuaba el tácito silencio que se instalaría luego entre ellos, Laura lo despertaba con un gemido ronco, una sacudida convulsiva de las piernas, y de golpe un grito que era una negativa total, un rechazo con las dos manos y todo el cuerpo y toda la voz de algo horrible que le caía desde el sueño como un enorme pedazo de materia pegajosa. Él la sacudía, la calmaba, le traía agua que bebía sollozando, acosada aún a medias por el otro lado de su vida. Decía no recordar nada, era algo horrible pero no se podía explicar, y acababa por dormirse llevándose su secreto, porque Luis sabía que ella sabía, que acababa de enfrentarse con aquel que entraba en su sueño, vaya a saber bajo qué horrenda máscara, y cuyas rodillas abrazaría Laura en un vértigo de espanto, quizá de amor inútil. Era siempre lo mismo, le alcanzaba un vaso de agua, esperando en silencio a que ella volviera a apoyar la cabeza en la almohada. Quizá un día el espanto fuera más fuerte que el orgullo, si eso era orgullo. Quizá entonces él podría luchar desde su lado. Quizá no todo estaba perdido, quizá la nueva vida llegara a ser realmente otra cosa que ese simulacro de sonrisas y de cine francés.
         Frente a la mesa de dibujo, rodeado de gentes ajenas, Luis recobraba el sentido de la simetría y el método que le gustaba aplicar a la vida. Puesto que Laura no tocaba el tema, esperando con aparente indiferencia la contestación del tío Emilio, a él le correspondía entenderse con mamá. Contestó su carta limitándose a las menudas noticias de las últimas semanas, y dejó para la postdata una frase rectificatoria: «De modo que Víctor habla de venir a Europa. A todo el mundo le da por viajar, debe ser la propaganda de las agencias de turismo. Decíle que escriba, le podemos mandar todos los datos que necesite. Decíle también que desde ahora cuenta con nuestra casa.»


         El tío Emilio contestó casi a vuelta de correo, secamente como correspondía a un pariente tan cercano y tan resentido por lo que en el velorio de Nico había calificado de incalificable. Sin haberse disgustado de frente con Luis, había demostrado sus sentimientos con la sutileza habitual en casos parecidos, absteniéndose de ir a despedirlo al barco, olvidando dos años seguidos la fecha de su cumpleaños. Ahora se limitaba a cumplir con su deber de hermano político de mamá, y enviaba escuetamente los resultados. Mamá estaba muy bien pero casi no hablaba, cosa comprensible teniendo en cuenta los muchos disgustos de los últimos tiempos. Se notaba que estaba muy sola en la casa de Flores, lo cual era lógico puesto que ninguna madre que ha vivido toda la vida con sus dos hijos puede sentirse a gusto en una enorme casa llena de recuerdos. En cuanto a las frases en cuestión, el tío Emilio había procedido con el tacto que se requería en vista de lo delicado del asunto, pero lamentaba decirles que no había sacado gran cosa en limpio, porque mamá no estaba en vena de conversación y hasta lo había recibido en la sala, cosa que nunca hacía con su hermano político. A una insinuación de orden terapéutico, había contestado que aparte del reumatismo se sentía perfectamente bien, aunque en esos días la fatigaba tener que planchar tantas camisas. El tío Emilio se había interesado por saber de qué camisas se trataba, pero ella se había limitado a una inclinación de cabeza y un ofrecimiento de jerez y galletitas Bagley.
         Mamá no les dio demasiado tiempo para discutir la carta del tío Emilio y su ineficacia manifiesta. Cuatro días después llegó un sobre certificado, aunque mamá sabía de sobra que no hay necesidad de certificar las cartas aéreas a París. Laura telefoneó a Luis y le pidió que volviera lo antes posible. Media hora más tarde la encontró respirando pesadamente, perdida en la contemplación de unas flores amarillas sobre la mesa. La carta estaba en la repisa de la chimenea, y Luis volvió a dejarla ahí después de la lectura. Fue a sentarse junto a Laura, esperó. Ella se encogió de hombros.
   —Se ha vuelto loca —dijo.
         Luis encendió un cigarrillo. El humo le hizo llorar los ojos. Comprendió que la partida continuaba, que a él le tocaba mover. Pero a esa partida la estaban jugando tres jugadores, quizá cuatro. Ahora tenía la seguridad de que también mamá estaba al borde del tablero. Poco a poco resbaló en el sillón, y dejó que su cara se pusiera la inútil máscara de las manos juntas. Oía llorar a Laura, abajo corrían a gritos los chicos de la portera.


         La noche trae consejo, etcétera. Les trajo un sueño pesado y sordo, después que los cuerpos se encontraron en una monótona batalla que en el fondo no habían deseado. Una vez más se cerraba el tácito acuerdo: por la mañana hablarían del tiempo, del crimen de Saint-Cloud, de James Dean. La carta seguía sobre la repisa y mientras bebían té no pudieron dejar de verla, pero Luis sabía que al volver del trabajo ya no la encontraría. Laura borraba las huellas con su fría, eficaz diligencia. Un día, otro día, otro día más. Una noche se rieron mucho con los cuentos de los vecinos, con una audición de Fernandel. Se habló de ir a ver una pieza de teatro, de pasar un fin de semana en Fontainebleau.
         Sobre la mesa de dibujo se acumulaban los datos innecesarios, todo coincidía con la carta de mamá. El barco llegaba efectivamente al Havre el vierrnes 17 por la mañana, y el tren especial entraba en Saint-Lazare a las 11:45. El jueves vieron la pieza de teatro y se divirtieron mucho. Dos noches antes Laura había tenido otra pesadilla, pero él no se molestó en traerle agua y la dejó que se tranquilizara sola, dándole la espalda. Después Laura durmió en paz, de día andaba ocupada cortando y cosiendo un vestido de verano. Hablaron de comprar una máquina de coser eléctrica cuando terminaran de pagar la heladera. Luis encontró la carta de mamá en el cajón de la mesa de luz y la llevó a la oficina. Telefoneó a la compañía naviera, aunque estaba seguro de que mamá daba las fechas exactas. Era su única seguridad, porque todo el resto no se podía siquiera pensar. Y ese imbécil del tío Emilio. Lo mejor sería escribir a Matilde, por más que estuviesen distanciados Matilde comprendería la urgencia de intervenir, de proteger a mamá. ¿Pero realmente (no era una pregunta, pero cómo decirlo de otro modo) había que proteger a mamá, precisamente a mamá? Por un momento pensó en pedir larga distancia y hablar con ella. Se acordó del jerez y las galletitas Bagley, se encogió de hombros. Tampoco había tiempo de escribir a Matilde, aunque en realidad había tiempo pero quizá fuese preferible esperar al viernes diecisiete antes de... El coñac ya no lo ayudaba ni siquiera a no pensar, o por lo menos a pensar sin tener miedo. Cada vez recordaba con más claridad la cara de mamá en las últimas semanas de Buenos Aires, después del entierro de Nico. Lo que él había entendido como dolor, se lo mostraba ahora como otra cosa, algo en donde había una rencorosa desconfianza, una expresión de animal que siente que van a abandonarlo en un terreno baldío lejos de la casa, para deshacerse de él. Ahora empezaba a ver de veras la cara de mamá. Recién ahora la veía de veras en aquellos días en que toda la familia se había turnado para visitarla, darle el pésame por Nico, acompañarla de tarde, y también Laura y él venían de Adrogué para acompañarla, para estar con mamá. Se quedaban apenas un rato porque después aparecía el tío Emilio, o Víctor, o Matilde, y todos eran una misma fría repulsa, la familia indignada por lo sucedido, por Adrogué, porque eran felices mientras Nico, pobrecito, mientras Nico. Jamás sospecharían hasta qué punto habían colaborado para embarcarlos en el primer buque a mano; como si se hubieran asociado para pagarles los pasajes, llevarlos cariñosamente a bordo con regalos y pañuelos.
         Claro que su deber de hijo lo obligaba a escribir en seguida a Matilde. Todavía era capaz de pensar cosas así antes del cuarto coñac. Al quinto las pensaba de nuevo y se reía (cruzaba París a pie para estar más solo y despejarse la cabeza), se reía de su deber de hijo, como si los hijos tuvieran deberes, como si los deberes fueran los de cuarto grado, los sagrados deberes para la sagrada señorita del inmundo cuarto grado. Porque su deber de hijo no era escribir a Matilde. ¿Para qué fingir (no era una pregunta, pero cómo decirlo de otro modo) que mamá estaba loca? Lo único que se podía hacer era no hacer nada, dejar que pasaran los días, salvo el viernes. Cuando se despidió como siempre de Laura diciéndole que no vendría a almorzar porque tenía que ocuparse de unos afiches urgentes, estaba tan seguro del resto que hubiera podido agregar: «Si querés vamos juntos.» Se refugió en el café de la estación, menos por disimulo que para tener la pobre ventaja de ver sin ser visto. A las once y treinta y cinco descubrió a Laura por su falda azul, la siguió a distancia, la vio mirar el tablero, consultar a un empleado, comprar un boleto de plataforma, entrar en el andén donde ya se juntaba la gente con el aire de los que esperan. Detrás de una zorra cargada de cajones de fruta miraba a Laura que parecía dudar entre quedarse cerca de la salida del andén o internarse por él. La miraba sin sorpresa, como a un insecto cuyo comportamiento podía ser interesante. El tren llegó casi en seguida y Laura se mezcló con la gente que se acercaba a las ventanillas de los coches buscando cada uno lo suyo, entre gritos y manos que sobresalían como si dentro del tren se estuvieran ahogando. Bordeó la zorra y entró al andén entre más cajones de fruta y manchas de grasa. Desde donde estaba vería salir a los pasajeros, vería pasar otra vez a Laura, su rostro lleno de alivio porque el rostro de Laura, ¿no estaría lleno de alivio? (No era una pregunta, pero cómo decirlo de otro modo.) Y después, dándose el lujo de ser el último una vez que pasaran los últimos viajeros y los últimos changadores, entonces saldría a su vez, bajaría a la plaza llena de sol para ir a beber coñac al café de la esquina. Y esa misma tarde escribiría a mamá sin la menor referencia al ridículo episodio (pero no era ridículo) y después tendría valor y hablaría con Laura (pero no tendría valor y no hablaría con Laura). De todas maneras coñac, eso sin la menor duda, y que todo se fuera al demonio. Verlos pasar así en racimos, abrazándose con gritos y lágrimas, las parentelas desatadas, un erotismo barato como un carroussel de feria barriendo el andén, entre valijas y paquetes y por fin, por fin, cuánto tiempo sin vernos, qué quemada estás, Ivette, pero sí, hubo un sol estupendo, hija. Puesto a buscar semejanzas, por gusto de aliarse a la imbecilidad, dos de los hombres que pasaban cerca debían ser argentinos por el corte de pelo, los sacos, el aire de suficiencia disimulando el azoramiento de entrar en París. Uno sobre todo se parecía a Nico, puesto a buscar semejanzas. El otro no, y en realidad éste tampoco apenas se le miraba el cuello mucho más grueso y la cintura más ancha. Pero puesto a buscar semejanzas por puro gusto, ese otro que ya había pasado y avanzaba hacia el portillo de salida, con una sola valija en la mano izquierda, Nico era zurdo como él, tenía esa espalda un poco cargada, ese corte de hombros. Y Laura debía haber pensado lo mismo porque venía detrás mirándolo, y en la cara una expresión que él conocía bien, la cara de Laura cuando despertaba de la pesadilla y se incorporaba en la cama mirando fijamente el aire, mirando, ahora lo sabía, a aquél que se alejaba dándole la espalda, consumaba la innominable venganza que la hacía gritar y debatirse en sueños.
         Puestos a buscar semejanzas, naturalmente el hombre era un desconocido, lo vieron de frente cuando puso la valija en el suelo para buscar el billete y entregarlo al del portillo. Laura salió la primera de la estación, la dejó que tomara distancia y se perdiera en la plataforma del autobús. Entró en el café de la esquina y se tiró en una banqueta. Más tarde no se acordó si había pedido algo de beber, si eso que le quemaba la boca era el regusto del coñac barato. Trabajó toda la tarde en los afiches, sin tomarse descanso. A ratos pensaba que tendría que escribirle a mamá, pero lo fue dejando pasar hasta la hora de la salida. Cruzó París a pie, al llegar a casa encontró a la portera en el zaguán y charlo un rato con ella. Hubiera querido quedarse hablando con la portera o los vecinos, pero todos iban entrando en los departamentos y se acercaba la hora de cenar. Subió despacio (en realidad siempre subía despacio para no fatigarse los pulmones y no toser) y al llegar al tercero se apoyó en la puerta antes de tocar el timbre, para descansar un momento en la actitud del que escucha lo que pasa en el interior de una casa. Después llamó con los dos toques cortos de siempre.
         —Ah, sos vos —dijo Laura, ofreciéndole una mejilla fría—. Ya empezaba a preguntarme si habrías tenido que quedarte más tarde. La carne debe estar recocida.
         No estaba recocida, pero en cambio no tenía gusto a nada. Si en ese momento hubiera sido capaz de preguntarle a Laura por qué había ido a la estación, tal vez el café hubiese recobrado el sabor, o el cigarrillo. Pero Laura no se había movido de casa en todo el día, lo dijo como si necesitara mentir o esperara que él hiciera un comentario burlón sobre la fecha, las manías lamentables de mamá. Revolviendo el café, de codos sobre el mantel, dejó pasar una vez más el momento. La mentira de Laura ya no importaba, una más entre tantos besos ajenos, tantos silencios donde todo era Nico, donde no había nada en ella o en él que no fuera Nico. ¿Por qué (no era una pregunta, pero cómo decirlo de otro modo) no poner un tercer cubierto en la mesa? ¿Por qué no irse, por qué no cerrar el puño y estrellarlo en esa cara triste y sufrida que el humo del cigarrillo deformaba, hacía ir y venir como entre dos aguas, parecía llenar poco a poco de odio como si fuera la cara misma de mamá? Quizá estaba en la otra habitación, o quizá esperaba apoyado en la puerta como había esperado él, o se había instalado ya donde siempre había sido el amo, en el territorio blanco y tibio de las sábanas al que tantas veces había acudido en sueños de Laura. Allí esperaría, tendido de espaldas, fumando también él su cigarrillo, tosiendo un poco, riéndose con una cara de payaso como la cara de los últimos días, cuando no le quedaba ni una gota de sangre sana en las venas.
         Pasó al otro cuarto, fue a la mesa de trabajo, encendió la lámpara. No necesitaba releer la carta de mamá para contestarla como debía. Empezó a escribir, querida mamá. Escribió: querida mamá. Tiró el papel, escribió: mamá. Sentía la casa como un puño que se fuera apretando. Todo era más estrecho, más sofocante. El departamento había sido suficiente para dos, estaba pensado exactamente para dos. Cuando levantó los ojos (acababa de escribir: mamá), Laura estaba en la puerta, mirándolo. Luis dejó la pluma.
         —¿A vos no te parece que está mucho más flaco? —dijo.
         Laura hizo un gesto. Un brillo paralelo le bajaba por las mejillas.
         —Un poco —dijo—. Uno va cambiando...

¡Diles que no me maten!

Juan Rulfo
(México, 1918-1986)

¡Diles que no me maten!
Originalmente publicado en la revista América
Nº 66, agosto, 1951
(El Llano en llamas, 1953)

        —¡Diles que no me maten, Justino! Anda, vete a decirles eso. Que por caridad. Así diles. Diles que lo hagan por caridad.
        —No puedo. Hay allí un sargento que no quiere oír hablar nada de ti.
        —Haz que te oiga. Date tus mañas y dile que para sustos ya ha estado bueno. Dile que lo haga por caridad de Dios.
        —No se trata de sustos. Parece que te van a matar de a de veras. Y yo ya no quiero volver allá.
        —Anda otra vez. Solamente otra vez, a ver qué consigues.
        —No. No tengo ganas de eso, yo soy tu hijo. Y si voy mucho con ellos, acabarán por saber quién soy y les dará por afusilarme a mí también. Es mejor dejar las cosas de este tamaño.
        —Anda, Justino. Diles que tengan tantita lástima de mí. Nomás eso diles.
        Justino apretó los dientes y movió la cabeza diciendo:
        —No.
        Y siguió sacudiendo la cabeza durante mucho rato.
        Justino se levantó de la pila de piedras en que estaba sentado y caminó hasta la puerta del corral. Luego se dio vuelta para decir:
        —Voy, pues. Pero si de perdida me afusilan a mí también, ¿quién cuidará de mi mujer y de los hijos?
        —La Providencia, Justino. Ella se encargará de ellos. Ocúpate de ir allá y ver qué cosas haces por mí. Eso es lo que urge.


        Lo habían traído de madrugada. Y ahora era ya entrada la mañana y él seguía todavía allí, amarrado a un horcón, esperando. No se podía estar quieto. Había hecho el intento de dormir un rato para apaciguarse, pero el sueño se le había ido. También se le había ido el hambre. No tenía ganas de nada. Sólo de vivir. Ahora que sabía bien a bien que lo iban a matar, le habían entrado unas ganas tan grandes de vivir como sólo las puede sentir un recién resucitado. Quién le iba a decir que volvería aquel asunto tan viejo, tan rancio, tan enterrado como creía que estaba. Aquel asunto de cuando tuvo que matar a don Lupe. No nada más por nomás, como quisieron hacerle ver los de Alima, sino porque tuvo sus razones. Él se acordaba:
        Don Lupe Terreros, el dueño de la Puerta de Piedra, por más señas su compadre. Al que él, Juvencio Nava, tuvo que matar por eso; por ser el dueño de la Puerta de Piedra y que, siendo también su compadre, le negó el pasto para sus animales.
        Primero se aguantó por puro compromiso. Pero después, cuando la sequía, en que vio cómo se le morían uno tras otro sus animales hostigados por el hambre y que su compadre don Lupe seguía negándole la yerba de sus potreros, entonces fue cuando se puso a romper la cerca y a arrear la bola de animales flacos hasta las paraneras para que se hartaran de comer. Y eso no le había gustado a don Lupe, que mandó tapar otra vez la cerca para que él, Juvencio Nava, le volviera a abrir otra vez el agujero. Así, de día se tapaba el agujero y de noche se volvía a abrir, mientras el ganado estaba allí, siempre pegado a la cerca, siempre esperando; aquel ganado suyo que antes nomás se vivía oliendo el pasto sin poder probarlo.
        Y é, y don Lupe alegaban y volvían a alegar sin llegar a ponerse de acuerdo. Hasta que una vez don Lupe le dijo:
        —Mira, Juvencio, otro animal más que metas al potrero y te lo mato.
        Y él contestó:
        —Mire, don Lupe, yo no tengo la culpa de que los animales busquen su acomodo. Ellos son inocentes. Ahí se lo haiga si me los mata.


        “Y me mató un novillo.
        “Esto pasó hace treinta y cinco años, por marzo, porque ya en abril andaba yo en el monte, corriendo del exhorto. No me valieron ni las diez vacas que le di al juez, ni el embargo de mi casa para pagarle la salida de la cárcel. Todavía después, se pagaron con lo que quedaba nomás por no perseguirme, aunque de todos modos me perseguían. Por eso me vine a vivir junto con mi hijo a este otro terrenito que yo tenía y que se nombra Palo de Venado. Y mi hijo creció y se casó con la nuera Ignacia y tuvo ya ocho hijos. Así que la cosa ya va para viejo, y según eso debería estar olvidada. Pero, según eso, no lo está.
        “Yo entonces calculé que con unos cien pesos quedaba arreglado todo. El difunto don Lupe era solo, solamente con su mujer y los dos muchachitos todavía de a gatas. Y la viuda pronto murió también dizque de pena. Y a los muchachitos se los llevaron lejos, donde unos parientes. Así que, por parte de ellos, no había que tener miedo.
        “Pero los demás se atuvieron a que yo andaba exhortado y enjuiciado para asustarme y seguir robándome. Cada que llegaba alguien al pueblo me avisaban:
        “—Por ahí andan unos fureños, Juvencio.
        “Y yo echaba pal monte, entreverándome entre los madroños y pasándome los días comiendo verdolagas. A veces tenía que salir a la media noche, como si me fueran correteando los perros. Eso duró toda la vida . No fue un año ni dos. Fue toda la vida.”
        Y ahora habían ido por él, cuando no esperaba ya a nadie, confiado en el olvido en que lo tenía la gente; creyendo que al menos sus últimos días los pasaría tranquilos. “Al menos esto —pensó— conseguiré con estar viejo. Me dejarán en paz”.
        Se había dado a esta esperanza por entero. Por eso era que le costaba trabajo imaginar morir así, de repente, a estas alturas de su vida, después de tanto pelear para librarse de la muerte; de haberse pasado su mejor tiempo tirando de un lado para otro arrastrado por los sobresaltos y cuando su cuerpo había acabado por ser un puro pellejo correoso curtido por los malos días en que tuvo que andar escondiéndose de todos.
        Por si acaso, ¿no había dejado hasta que se le fuera su mujer? Aquel día en que amaneció con la nueva de que su mujer se le había ido, ni siquiera le pasó por la cabeza la intención de salir a buscarla. Dejó que se fuera sin indagar para nada ni con quién ni para dónde, con tal de no bajar al pueblo. Dejó que se le fuera como se le había ido todo lo demás, sin meter las manos. Ya lo único que le quedaba para cuidar era la vida, y ésta la conservaría a como diera lugar. No podía dejar que lo mataran. No podía. Mucho menos ahora.
        Pero para eso lo habían traído de allá, de Palo de Venado. No necesitaron amarrarlo para que los siguiera. Él anduvo solo, únicamente maniatado por el miedo. Ellos se dieron cuenta de que no podía correr con aquel cuerpo viejo, con aquellas piernas flacas como sicuas secas, acalambradas por el miedo de morir. Porque a eso iba. A morir. Se lo dijeron.
        Desde entonces lo supo. Comenzó a sentir esa comezón en el estómago que le llegaba de pronto siempre que veía de cerca la muerte y que le sacaba el ansia por los ojos, y que le hinchaba la boca con aquellos buches de agua agria que tenía que tragarse sin querer. Y esa cosa que le hacía los pies pesados mientras su cabeza se le ablandaba y el corazón le pegaba con todas sus fuerzas en las costillas. No, no podía acostumbrarse a la idea de que lo mataran.
        Tenía que haber alguna esperanza. En algún lugar podría aún quedar alguna esperanza. Tal vez ellos se hubieran equivocado. Quizá buscaban a otro Juvencio Nava y no al Juvencio Nava que era él.
        Caminó entre aquellos hombres en silencio, con los brazos caídos. La madrugada era oscura, sin estrellas. El viento soplaba despacio, se llevaba la tierra seca y traía más, llena de ese olor como de orines que tiene el polvo de los caminos.
        Sus ojos, que se habían apenuscado con los años, venían viendo la tierra, aquí, debajo de sus pies, a pesar de la oscuridad. Allí en la tierra estaba toda su vida. Sesenta años de vivir sobre de ella, de encerrarla entre sus manos, de haberla probado como se prueba el sabor de la carne. Se vino largo rato desmenuzándola con los ojos, saboreando cada pedazo como si fuera el último, sabiendo casi que sería el último.
        Luego, como queriendo decir algo, miraba a los hombres que iban junto a él. Iba a decirles que lo soltaran, que lo dejaran que se fuera: "Yo no le he hecho daño a nadie, muchachos", iba a decirles, pero se quedaba callado. " Más adelantito se los diré", pensaba. Y sólo los veía. Podía hasta imaginar que eran sus amigos; pero no quería hacerlo. No lo eran. No sabía quiénes eran. Los veía a su lado ladeándose y agachándose de vez en cuando para ver por dónde seguía el camino.
        Los había visto por primera vez al pardear de la tarde, en esa hora desteñida en que todo parece chamuscado. Habían atravesado los surcos pisando la milpa tierna. Y él había bajado a eso: a decirles que allí estaba comenzando a crecer la milpa. Pero ellos no se detuvieron.
        Los había visto con tiempo. Siempre tuvo la suerte de ver con tiempo todo. Pudo haberse escondido, caminar unas cuantas horas por el cerro mientras ellos se iban y después volver a bajar. Al fin y al cabo la milpa no se lograría de ningún modo. Ya era tiempo de que hubieran venido las aguas y las aguas no aparecían y la milpa comenzaba a marchitarse. No tardaría en estar seca del todo.
        Así que ni valía la pena de haber bajado; haberse metido entre aquellos hombres como en un agujero, para ya no volver a salir.
        Y ahora seguía junto a ellos, aguantándose las ganas de decirles que lo soltaran. No les veía la cara; sólo veía los bultos que se repegaban o se separaban de él. De manera que cuando se puso a hablar, no supo si lo habían oído. Dijo:
        —Yo nunca le he hecho daño a nadie —eso dijo. Pero nada cambió. Ninguno de los bultos pareció darse cuenta. Las caras no se volvieron a verlo. Siguieron igual, como si hubieran venido dormidos.
        Entonces pensó que no tenía nada más que decir, que tendría que buscar la esperanza en algún otro lado. Dejó caer otra vez los brazos y entró en las primeras casas del pueblo en medio de aquellos cuatro hombres oscurecidos por el color negro de la noche.


        —Mi coronel, aquí está el hombre.
        Se habían detenido delante del boquete de la puerta. Él, con el sombrero en la mano, por respeto, esperando ver salir a alguien. Pero sólo salió la voz:
        —¿Cuál hombre? —preguntaron.
        —El de Palo de Venado, mi coronel. El que usted nos mandó a traer.
        —Pregúntale que si ha vivido alguna vez en Alima —volvió a decir la voz de allá adentro.
        —¡Ey, tú! ¿Que si has habitado en Alima? —repitió la pregunta el sargento que estaba frente a él.
        —Sí. Dile al coronel que de allá mismo soy. Y que allí he vivido hasta hace poco.
        —Pregúntale que si conoció a Guadalupe Terreros.
        —Que dizque si conociste a Guadalupe Terreros.
        —¿A don Lupe? Sí. Dile que sí lo conocí. Ya murió.
        Entonces la voz de allá adentro cambió de tono:
        —Ya sé que murió —dijo. Y siguió hablando como si platicara con alguien allá, al otro lado de la pared de carrizos:
        —Guadalupe Terreros era mi padre. Cuando crecí y lo busqué me dijeron que estaba muerto. Es algo difícil crecer sabiendo que la cosa de donde podemos agarrarnos para enraizar está muerta. Con nosotros, eso pasó.
        “Luego supe que lo habían matado a machetazos, clavándole después una pica de buey en el estómago. Me contaron que duró más de dos días perdido y que, cuando lo encontraron tirado en un arroyo, todavía estaba agonizando y pidiendo el encargo de que le cuidaran a su familia.
        “Esto, con el tiempo, parece olvidarse. Uno trata de olvidarlo. Lo que no se olvida es llegar a saber que el que hizo aquello está aún vivo, alimentando su alma podrida con la ilusión de la vida eterna. No podría perdonar a ése, aunque no lo conozco; pero el hecho de que se haya puesto en el lugar donde yo sé que está, me da ánimos para acabar con él. No puedo perdonarle que siga viviendo. No debía haber nacido nunca”.
        Desde acá, desde fuera, se oyó bien claro cuando dijo. Después ordenó:
        —¡Llévenselo y amárrenlo un rato, para que padezca, y luego fusílenlo!
        —¡Mírame, coronel! —pidió él—. Ya no valgo nada. No tardaré en morirme solito, derrengado de viejo. ¡No me mates...!
        —¡Llévenselo! —volvió a decir la voz de adentro.
        —...Ya he pagado, coronel. He pagado muchas veces. Todo me lo quitaron. Me castigaron de muchos modos. Me he pasado cosa de cuarenta años escondido como un apestado, siempre con el pálpito de que en cualquier rato me matarían. No merezco morir así, coronel. Déjame que, al menos, el Señor me perdone. ¡No me mates! ¡Diles que no me maten!
        Estaba allí, como si lo hubieran golpeado, sacudiendo su sombrero contra la tierra. Gritando.
        En seguida la voz de allá adentro dijo:
        —Amárrenlo y denle algo de beber hasta que se emborrache para que no le duelan los tiros.


        Ahora, por fin, se había apaciguado. Estaba allí arrinconado al pie del horcón. Había venido su hijo Justino y su hijo Justino se había ido y había vuelto y ahora otra vez venía.
        Lo echó encima del burro. Lo apretaló bien apretado al aparejo para que no se fuese a caer por el camino. Le metió su cabeza dentro de un costal para que no diera mala impresión. Y luego le hizo pelos al burro y se fueron, arrebiatados, de prisa, para llegar a Palo de Venado todavía con tiempo para arreglar el velorio del difunto.
        —Tu nuera y los nietos te extrañarán —iba diciéndole—. Te mirarán a la cara y creerán que no eres tú. Se les afigurará que te ha comido el coyote cuando te vean con esa cara tan llena de boquetes por tanto tiro de gracia como te dieron.

LAS VACAS DE QUIVIQUINTA




LAS VACAS DE QUIVIQUINTA

Francisco Rojas González

del Libro “El Diosero”

Los perros de Quiviquinta tenían hambre; con el lomo corvo y la nariz hincada en los baches de las callejas, el ojo alerta y el diente agresivo, iban los perros de Quiviquinta; iban en manadas, gruñendo a la luna, ladrando al sol, porque los perros de Quiviquinta tenían hambre…
Y también tenían hambre los hombres, las mujeres y los niños de Quiviquinta, porque en las trojes se había agotado el grano, en los zarzos se había consumido el queso y de los garabatos ya no colgaba ni un pingajo de cecina…
Sí, había hambre en Quiviquinta; las milpas amarillearon antes del jiloteo y el agua hizo charcas en la raíz de las matas; el agua de las nubes y el agua llovida de los ojos en lágrimas.
En los jacales de los coras se había acallado el perpetuo palmoteo de las mujeres; no había ya objeto, supuesto que al faltar el maíz, faltaba el nixtamal y al faltar el nixtamal, no había masa y sin ésta, pues tampoco tortillas y al no haber tortillas, era que el perpetuo palmoteo de las mujeres se había acallado en los jacales de los coras.
Ahora, sobre los comales, se cocían negros discos de cebada; negros discos que la gente comía, a sabiendas de que el torzón precursor de la diarrea, de los ―cursos‖, los acechaba.
— Come, m‘hijo, pero no bebas agua —aconsejaban las madres.
— Las gordas de cebada no son comida de cristianos, porque la cebada es ―fría‖ —prevenían los viejos, mientras llevaban con repugnancia a sus labios el ingrato bocado.
— Lo malo es que para el año que‘ntra ni semilla tendremos —dijo Esteban Luna, mozo lozano y bien puesto, quien ahora, sentado frente al fogón, miraba a su mujer, Martina, joven también, un poco rolliza pero sana y frescachona, que sonreía a la caricia filial de una pequeñuela, pendiente de labios y manecitas de una pecho carnudo, abundante y moreno como cantarito de barro.
— Dichosa ella —comentó Esteban— que tiene mucho de donde y qué comer.
Martina rió con ganas y pasó su mano sobre la cabecita monda de la lactante.
— Es cierto, pero me da miedo de que s‘empache. La cebada es mala para la cría…
Esteban vio con ojos tristones a su mujer y a su hija.
— Hace un año —reflexionó—, yo no tenía de nada y de nadie por que apurarme… Ahoy dialtiro semos tres… Y con l‘hambre que si‘ha hecho andancia.
Martina hizo no escuchar las palabras de su hombre; se puso de pie para llevar a su hija a la cuna que colgaba del techo del jacal; ahí la arropó con cuidados y ternuras. Esteban seguía taciturno, veía vagamente cómo se escapaban las chispas del fogón vacío, del hogar inútil.
— Mañana me voy p‘Acaponeta en busca de trabajo…
— No, Esteban —protestó ella—. ¿Qué haríamos sin ti yo y ella?
— Fuerza es comer, Martina… Sí, mañana me largo a Acaponeta o a Tuxpan a trabajar de peón, de mozo, de lo que caiga.
Las palabras de Esteban las había escuchado desde las puertas del jacal Evaristo Rocha, amigo de la casa.
— Ni esa lucha nos queda, hermano —informó el recién llegado—. Acaban de regresar del norte Jesús Trejo y Madaleno Rivera; vienen más muertos d‘hambre que nosotros… Dicen que no hay trabajo por ningún lado; las tierras están anegadas hasta adelante de Escuinapa… ¡Arregúlale nomás!
— Entonces… ¿Qué nos queda? —preguntó alarmado Esteban Luna.
— ¡Pos vé tú a saber…! Pu‘ay dicen quesque viene máiz de Jalisco. Yo casi no lo creo… ¿Cómo van a hambriar a los de po‘allá nomás pa darnos de tragar a nosotros?
— Que venga o que no venga máiz, me tiene sin cuidado orita, porque la vamos pasando con la cebada, los mezquites, los nopales y la guámara… Pero pa cuando lleguen las secas ¿qué vamos a comer, pues?
— Ai‘stá la cuestión… Pero las cosas no se resuelven largándonos del pueblo; aquí debemos quedarnos… Y más tú, Esteban Luna, que tienes de quen cuidar.
— Aquí, Evaristo, los únicos que la están pasando regular son los que tienen animalitos; nosotros ya echamos a l‘olla el gallo… Ahí andan las gallinas sólidas y viudas, escarbando la tierra, manteniéndose de pinacates, lombrices y grillos; el huevito de tierra que dejan pos es pa Martina, ella está criando y hay que sustanciarla a como dé lugar.
— Don Remigio ―el barbón‖ está vendiendo leche a veinte centavos el cuartillo.
— ¡Bandidazo…! ¿Cuándo se había visto? Hoy más que nunca siento haber vendido la vaquilla… Estas horas ya‘staría parida y dando leche… ¿Pa qué diablos la vendimos, Martina?
— ¡Cómo pa qué, cristiano…! ¿A poco ya no ti‘acuerdas? Pos p‘habilitarnos de apero hor‘un‘año. ¿No mercates la coa? ¿No alquilates dos yuntas? ¿Y los pioncitos que pagates cuando l‘ascarda?
— Pos ahoy, verdá de Dios, me doy de cabezazos por menso.
— Ya ni llorar es bueno, Esteban… ¡Vámonos aguantando tantito a ver qué dice Dios! —agregó resignado Evaristo Rocha.
Es jueves, día de plaza en Quiviquinta. Esteban y Martina limpiecitos de cuerpo y ropas van al mercado, obedeciendo más a una costumbre, que llevados por una necesidad, impelidos mejor por el hábito que por las perspectivas que pudiera ofrecerles el ―tianguis‖ miserable, casi solitario, en el que se reflejan la penuria y el desastre regional, algunos ―puestos‖ de verduras marchitas, lacias; una mesa con vísceras oliscadas, cubiertas de moscas; un cazo donde hierven dos o tres kilos de carne flaca de cerdo, ante la expectación de los perros que, sobre sus traseros huesudos y roñosos, se relamen en vana espera del bocado que para sí quisieran los niños harapientos, los niños muertos de hambre que juegan de manos, poniendo en peligro la triste integridad de los tendidos de cacahuates y de naranjas amarillas y mustias.
Esteban y Martina van al mercado por la Calle Real de Quiviquinta; él adelante, lleva bajo el brazo una gallinita ―búlique‖ de cresta encendida; ella carga a la chiquilla. Martina va orgullosa de la gorra de tira bordada y del blanco roponcito que cubre el cuerpo moreno de su hijita.
Tropiezan en su camino con Evaristo Rocha.
— ¿Van de compras? —pregunta el amigo por saludo.
— ¿De compras? No, vale, está muy flaca la caballada; vamos a ver que vemos… Yo llevo la ―búlique‖ por si le hallo marchante… Si eso ocurre, pos le merco a ésta algo de ―plaza‖…
— ¡Que así sea, vale… Dios con ustedes!
Al pasar por la casa de don Remigio ―el barbón‖, Esteban detiene su paso y mira, sin disimular su envidia, cómo un peón ordeña una vaca enclenque y melancólica, que aparta con su rabo la nube de moscas que la envuelve.
— Bien‘haigan los ricos… La familia de don Remigio no pasa ni pasará hambre… Tiene tres vacas. De malas cada una dará sus tres litros… Dos p‘al gasto y lo que sobra, pos pa venderlo… Esta gente sí tendrá modod de sembrar el año que viene; pero uno…
Martina mira impávida a su hombre. Luego los dos siguen su camino.
Martina descorteza con sus dientes chaparros, anchos y blanquísimos, una caña de azúcar. Esteban la mira en silencio, mientras arrulla torpemente entre sus brazos a la niña que llora a todo pulmón.
La gente va y viene por el “tianguis” sin resolverse siquiera a preguntar los precios de la escasa mercancía que los tratantes ofrecen a grito pelado… ¡Está todo tan caro!
Esteban, de pie, aguarda. Tirada, entre la tierra suelta, alea, rigurosamente maniatada, la gallinita “búlique”.
— ¿Cuánto por el mole? —pregunta un atrevido, mientras hurga con mano experta la pechuga del avecita para cerciorarse de la cuantía y de la calidad de sus carnes.
— Cuatro pesos —responde Esteban…
— ¿Cuatro pesos? Pos ni que juera ternera…
— Es pa que ofrezcas, hombre…
— Doy dos por ella.
— No… ¿A poco crés que me la robé?
— Ni pa ti, ni pa mí… Veinte reales.
— No, vale, de máiz se los ha tragado.
Y el posible comprador se va sin dar importancia a su fracasada adquisición.
— Se l‘hubieras dado, Esteban, ya tiene la güevera seca de tan vieja —dijo Martina.
La niña sigue llorando; Martina hace a un lado la caña de azúcar y cobra a la hija de los brazos de su marido. Alza su blusa hasta el cuello y deja al aire los categóricos, los hermosos pechos morenos, trémulos como un par de odres a reventar. La niña se prende a uno de ellos; Martina, casta como una matrona bíblica, deja mamar a la hija, mientras en sus labios retoza una tonadita bullanguera.
El rumor del mercado adquiere un nuevo sonido; es el motor de un automóvil que se acerca. Un automóvil en Quiviquinta es un acontecimiento raro. Aislado el pueblo de la carretera, pocos vehículos mecánicos se atreven por brechas serranas y bravías. La muchachada sigue entre gritos y chacota al auto que, cuando se detiene en las cercanías de la plaza, causa curiosidad entre la gente. De él se apea una pareja: el hombre alto, fuerte, de aspecto próspero y gesto orgulloso; la mujer menuda, debilucha y de ademanes tímidos.
Los recién llegados recorren con la vista al ―tianguis‖, algo buscan. Penetran entre la gente, voltean de un lado a otro, inquieren y siguen preocupados su búsqueda.
Se detienen en seco frente a Esteban y Martina; ésta, al mirar a los forasteros se echa el rebozo sobre sus pechos, presa de súbito rubor; sin embargo, la maniobra es tardía, ya los extraños habían descubierto lo que necesitaban:
— ¿Has visto? —pregunta el hombre a la mujer.
— Sí —responde ella calurosamente—. ¡Ésa, yo quiero ésa, está magnífica…!
— ¡Que si está! —exclama el hombre entusiasmado.
Luego, sin más circunloquios, se dirige a Martina:
— Eh, tú, ¿no quieres irte con nosotros? Te llevamos de nodriza a Tepic para que nos críes a nuestro hijito.
La india se queda embobada, mirando a la pareja sin contestar.
— Veinte pesos mensuales, buena comida, buena cama, buen trato…
— No —responde secamente Esteban.
— No seas tonto, hombre, se están muriendo de hambre y todavía se hacen del rogar —ladra el forastero.
— No —vuelve a cortar Esteban.
— Veinticinco pesos cada mes. ¿Qui‘húbole?
— No.
— Bueno, para no hablar mucho, cincuenta pesos.
— ¿Da setenta y cinco pesos? Y me lleva a “media leche” —propone inesperadamente Martina.
Esteban mira extrañado a su mujer; quiere terciar, pero no lo dejan.
— Setenta y cinco pesos de “leche entera”… ¿Quieres?
Esteban se ha quedado de una pieza y cuando trata de intervenir, Martina le tapa la boca con su mano.
— ¡Quiero! —responde ella. Y luego al marido mientras le entrega a su hija—: Anda, la crías con leche de cabra mediada con arroz… a los niños pobres todo les asienta. Yo y ella estamos obligadas a ayudarte.
Esteban maquinalmente extiende los brazos para recibir a su hija.
Y luego Martina con gesto que quiere ser alegre:
— Si don Remigio ―el barbón‖ tiene sus vacas d‘ionde sacar el avío pal‘año que‘ntra, tú, Esteban, también tienes la tuya… y más rendidora. Sembraremos l‘año que‘ntra toda la parcela, porque yo conseguiré l‘avío.
— Vamos —dice nervioso el forastero tomando del brazo a la muchacha.
Cuando Martina sube al coche, llora un poquitín.
La mujer extraña trata de confortarla.
— Estas indias cora —acota el hombre— tienen fama de ser muy buenas lecheras…
El coche arranca. La gente del “tianguis” no tiene ojos más que para verlo partir.
Esteban llama a gritos a Martina. Su reclamo se pierde entre la algarabía.
Después toma el camino hacia su casa; no vuelve la cara, va despacio, arrastrando los pies… Bajo el brazo, la gallina “búlique” y, apretada contra el pecho, la niña que gime huérfana de sus dos cantaritos de barro moreno.

lunes, 30 de mayo de 2016

RECUERDOS DEL PORVENIR

Elena Garro: Los recuerdos del porvenir

Idioma original: español
Año de publicación: 1963
Valoración: Muy recomendable

Elena Garro está considerada como una de las escritoras mexicanas más importantes del siglo XX; hay quien dice que es la segunda mejor escritora mexicana después de Sor Juana Inés. Sin embargo, su figura ha quedado a la sombra del que fue su marido durante veinte años, Octavio Paz, Premio Nobel de Literatura en 1990. No se trata, claro, de venir ahora a quitar valor a la obra de Octavio Paz (ni sería posible) pero sí de rescatar y recomendar una novela que está a la altura de todas las escritas sobre la revolución mexicana -excepción hecha de Pedro Páramo, que es mucho más que una novela sobre la revolución mexicana.

Los recuerdos del porvenir se sitúa efectivamente durante la "revolución de los cristeros", que se desarrolló entre 1926 y 1929 a consecuencia de una legislación que prohibía, o limitaba muy duramente, la libertad de culto, al menos en público. La acción transcurre en Ixtepec, un pueblo del sur de México, ocupado por un grupo de militrares que ejercen un poder absoluto, abusivo y arbitrario sobre el conjunto de la población. Uno de ellos, el general Rosas, será el motor de la trama al enamorarse perdidamente (en la primera parte de la novela) de la bella y esquiva Julia, y al enamorar contra su voluntad (en la segunda) a la sensible e inteligente Isabel.

La novela comienza con un artificio técnico (algo artificial, hay que decirlo) que sin embargo es significativo: la historia es narrada por el propio pueblo de Ixtepec; no por el pueblo como conjunto de personas, sino por el pueblo como espacio, como comunidad histórica, como entidad colectiva. Se establece así una distancia entre el "nosotros" (los de Ixtepec) y los de fuera (los militares, incapaces de asimilarse o comprender la esencia del pueblo). Esta oposición es en cierto modo una réplica a la historia oficial de la revolución mexicana, en la que los militares revolucionarios serían, precisamente, los representantes del pueblo.

Más allá de su vertiente histórica o política, Los recuerdos del porvenir es una novela con una importante carga mítica (así lo ha reconocido la crítica de forma casi unánime), y quizás no sea casual que Elena Garro fuera autora dramática antes que novelista, ya que la novela tiene, en cada una de sus dos partes, la estructura propia de una tragedia, con sus héroes -y heroínas- atrapados por un destino que se les impone. Así, la acción transcurre en un tiempo casi inmóvil (de hecho, el tiempo se detiene en varios momentos de la novela) y los personajes femeninos clásicos o míticos (la belleza de Elena de Troya, la resuelta independencia de Antígona, la traición de la Malinche) prestan a la novela su intensidad y su universalidad.

Se ha catalogado Los recuerdos del porvenir como un antecedente del realismo mágico (porque, aunque publicada en 1963, de hecho estaba escrita desde bastante antes, a comienzos de los años 50); algo hay de ello, pero no creo que la presencia de lo sobrenatural en el texto sea ni tan relevante ni tan clara como en las obras posteriores de Rulfo o García Márquez. De hecho, los capítulos que más firmemente se quedan grabados en la memoria no tienen nada de sobrenatural: me refiero, por ejemplo, a la noche de tensa calma en la que Felipe Hurtado espera estoicamente ser ajusticiado por Rosas; o la magistral escena de la fiesta, ya en la segunda parte, en la que sus invitados son condenados, nuevamente por Rosas, a beber, comer y bailar indefinidamente hasta caer desfallecidos o muertos.

Tengo la impresión, como lector, de que esta novela son en realidad dos novelas entrelazadas: de que la primera parte podría, con algunas modificaciones, subsistir por sí sola, y sería, quizás, una novela aún más redonda. La segunda parte añade paralelismos y oposiciones interesantes, pero pierde también algo de intensidad y se dispersa en algunas tramas secundarias menos interesantes. En cualquier caso, no es posible (no será posible ya para mí, al menos) hablar de novela de la revolución mexicana sin incluir, entre sus ejemplos más señeros, esta novela. 


Análisis del libro “Los recuerdos del porvenir”.
De: Elena Garro
“la niña sabe que a Roma se le gana con silencio...”
1.1 RESUMEN
La historia es narrada por Ixtepec (la ciudad); sobre quien, sin ser un personaje, recaen todos los hechos, quien entristece y conoce todas las verdades del pueblo y sus habitantes.
Los protagonistas son los Moncada, una familia integrada por tres hijos (Nicolás, Isabel y Juan) y sus padres (Ana y Martín), quienes se ven envueltos con el futuro de un pueblo, con la defensa de sus creencias y más que todo en el amor entre hermanos y los sueños de niño que de adulto pudieran desaparecer.
Habla de una época triste, con momentos donde ni la esperanza parece una salida o escape de la realidad, tiempos de la guerra Cristera, persecución de sacerdotes, incendios de capillas e ídolos, represión a todo aquello que pareciera tener una ideología ajena a la que el gobierno buscaba en sus gobernados.

El libro habla de un pueblito tomado por generales, habla de sus vidas con sus “queridas”. En paticular de Julia, una mujer muy bella y misteriosa de quien el Gral. Francisco Rosas estaba muy enamorado. Llega un hombre llamado Felipe Hurtado, que no tiene nada de extranjero y no dejan de llamarlo así en todo el libro, no se sabe quién era pero iba a Ixtepec a buscar a Julia, se enamoran o ya estaban enamorados y acaban muertos o se escapan, ya que nunca se plantea bien que pasa con ellos, sólo los desaparecen de la historia.
Maneja conceptos como la corrupción, el abuso de poder, la búsqueda de culpables y de culpas, el refugio inventado por cada uno de nosotros para escapar de lo que sucede y sobretodo el esfuerzo de un pueblo entero por defender lo que cree suyo.

Una historia que más que tener un final, tiene el principio de muchas otras, un ciclo del cual hasta que no se aprenda de él y se aproveche lo que ha enseñado, está condenado a repetirse en otro lugar, en otro tiempo y en otras circunstancias.
1.2. ANALÍSIS DE CONTEXTO.
Las historias que manejan el libro corren sin un tiempo definido, no manejan ni fechas ni acotaciones que te indiquen cuanto ha transcurrido; sin embargo debido a los datos esporádicos que te van dando te ubican en la guerra Cristera, en los gobiernos de Obregón, de Calles.
En México, las diferencias entre los objetivos de la iglesia y el estado empezaron a hacerse muy notables y a interponerse una a la otra, esto llevo a un enfrentamiento que creo ha sido uno de los mas controvertidos en la historia de nuestro país. Después de las reformas de la constitución de 1917, la Iglesia y el Estado habían estado en paz aparente, pero cuando la Iglesia empezó a causarle problemas al Edo. como con el apoyo a sindicatos rurales o de obreros.
Una serie de eventos empiezan a agravar la situación, entre uno de los ppales. y primero en suceder fue el conflicto causado por la expulsión de un delegado apostólico, Obregón según el art.33 saca del país a quien viniera a bendecir un monumento en Guanajuato.
Ya con Calles en el poder y creada la “LEY CALLES”, empiezan a poner en marcha una serie de reformas a la constitución, sobretodo en materia educativa; a expulsar sacerdotes extranjeros; a cerrar conventos y a prohibir las manifestaciones en público de la religión; a obligar a cada sacerdote a registrarse en Gobernación, etc.. Mientras tanto, ya con la Iglesia proclamada en contra del gobierno, se recaudaban firmas de católicos y la LIGA NACIONAL DEFENSORA DE LA LIBERTAD RELIGIOSA planea un boicot económico.
El 31 de Julio toma vigencia la “LEY CALLES”, se suspenden “labores” en las iglesias y el gobierno ordena que se realicen inventarios en cada una de ellas y si no oficiaban misa las cerrarían. Los creyentes estaban entre la espada y la pared, tal como lo plantea Elena Garro, por un lado o te ibas al infierno por no seguir lo que Dios mandaba, o te ibas, en el mejor de los casos, a la cárcel; y sino pues los militares te hacían el “favorcito” de mandarte al cielo antes de tiempo por desacatar la ley .
Se le empieza a conocer a Calles como el “César”; el episcopado, sin haberlo propuesto ellos, empiezan a contemplar una rebelión armada idea de sublevación de la Liga.
...estas Ligas "nacionales defensoras de la libertad religiosa" o las "ligas de damas" pseudo-católicas, que hacen de cuando en cuando manifestaciones de sirvientas (cuidando de quedarse en casa las más y de dejar todas ellas en casa, naturalmente a los maridos) y los grupos más o menos bien definidos que en México y en todas las regiones del país, desde hace meses, y con cualquier pretexto, tratan de dificultar la acción de autoridades de todo orden...
Presidente de México Elías Calles
Publicado el 26 de julio en el periódico "El Universal".
Este fragmento que viene en internet, bien pudiera haber sido material del libro, así se referían a los creyentes los militares de la historia, como ancianas beatas o viejillos fanáticos.
Las primeras zonas del país que se levantan en armas son las controladas por la unión popular en Jalisco, las zonas limítrofes de Nayarit, Zacatecas, Guanajuato y Michoacán; al poco tiempo se unen Colima y Nayarit.
Encontré dos Ixtepec, uno en Jalisco y uno en Oaxaca, nosé a cual de los dos refiere el libro
Su origen fueron las medidas adoptadas por el gobierno de Calles, especialmente las aplicadas desde julio de ese año, encaminadas a disminuir las actividades educativas de la Iglesia católica y, sobre todo, a reducir los aspectos más visibles del culto religioso.
La denominada sublevación cristera (cuyos miembros, los cristeros, portaban en sus uniformes crucifijos a modo de enseña) estalló en agosto de 1926 y se generalizó en enero del año siguiente, principalmente en los estados de Jalisco, Nayarit, Guanajuato, Michoacán y Zacatecas. El movimiento, de evidente carácter católico, estuvo compuesto básicamente por peones y aparceros rurales, dirigidos por antiguos militares revolucionarios, ex partidarios algunos de ellos de Francisco (Pancho) Villa y Emiliano Zapata, e incluso por sacerdotes.
Los villistas ofrecían un programa político y social poco definido; los zapatistas mantenían los principios formulados en el Plan de Ayala; y los carrancistas, estaban vinculados a la burguesía y querían preservar los beneficios obtenidos por los generales, empresarios y abogados allegados a Carranza.
El 21 de junio de 1929, el presidente Portes Gil logró acordar un pacto con la jerarquía católica (la cual, implícitamente, había apoyado el levantamiento) que acabó con el conflicto directo entre la Iglesia y el gobierno, pero no así con las acciones de algunos de los sublevados, quienes siguieron combatiendo hasta que, en 1936, falleció Lauro Rocha, el último jefe cristero.
1.3 ANÁLISIS DE LOS PERSONAJES
A pesar de tener varios personajes protagónicos, los que considero que tuvieron mayor peso en la historia, con valores y creencias que los caracterizaba fueron:
  • Gral. Francisco Rosas .- militar enamorado de Julia, su querida. Hombre de edad mediana, vivía para descifrar los pensamientos y deseos de su querida, y por lo tanto pareciera que las decisiones que tomaba fuera de eso, no las pensaba lo suficiente. Personaje triste, que se transforma de una persona que causa compasión y cierta lástima a una persona llena de coraje, de ganas de venganza y sobretodo de confusión. Inmerso en un capricho de sentirse poderoso, típico de muchos hombres (aquí entre nos. jaja) no obstante “tener” el poder de suplir a Dios, decidiendo, quien moría y quien debía salvarse según si iba de acuerdo a la política del Edo o no.
Con una personalidad firme, que de repente pareciera quebrarse de tristeza por no poder alcanzar lo único que, aún teniéndolo con él, no lograba sentirlo suyo. Al final de la historia pareciera empezar a sentir lo que en realidad era que alguien lo quisiera, y no supo complacer a la única que alguna vez le pidió algo. Para mí un personaje algo tonto emocionalmente, pienso que una persona que depende de tal manera de otra, es un tanto inseguro.
  • Felipe Hurtado .- Personaje que nunca acabas de descifrar, yo creo que ni su autora comprendió nada. Da la idea de que iba a Ixtepec buscando algo, y pudiera ser que ese “algo” fuera Julia. Llega siendo todo un misterio y novedad para ese pueblito sin mas emoción que reconocer a los que amanecían colgados. Se aloja en casa de Doña Matilde, por recomendación de Juan Cariño. Se encariñan con el, él termina enamorado de Julia y esto lo acaba. No se sabe si lo matan o se escapa con Julia.
  • Isabel Moncada .- Personaje que siempre fue muy inteligente, sentimental pero segura de sí misma. Mujer que situada en esos tiempos no encaja, no va con el modelo de la sumisión, del sueño de casarse con un hombre que lo tuviera todo y tener muchos hijos. Ella detestaba a su madre por ser así. Pienso que tal ves por eso acaba enamorándose del gral. Rosas, por ser un hombre triste y a la vez misterioso y fuerte.
Pienso que ella no buscaba al Gral. sólo para lograr salvar a su hermano. Parece terminar entendiendo tanto y confiando en el gral., debido a que había llegado a lograr tal empatía, que había entendido su sufrimiento, todo esto debido a que vivía el no poder conectarte del todo con la persona que quería, en caso de él Julia, en el de ella él.
  • Julia Andrade .- Pienso que es el personaje mas definido de todo el libro, nunca se sale del contexto de mujer sumisa, y sin embargo y en contraste dueña inmediata de todo lo que pidiera. Da la impresión de ser la razón de todos los actos del general, puesto que si bien era cierto él cumplía toda petición de su querida, siempre seguía las ordenes de sus superiores; y esto no lo veían los habitantes de Ixtepec.
Era una mujer envidiada por todas las que la vieran, y por otro lado, deseada por todo aquel que siquiera la oyera nombrar; a esto se debía que las mujeres sintieran además de celos de ella, miedo de distanciarse de sus maridos por la sombra de algo inalcanzable.
Éste personaje se maneja siempre de una manera misteriosa, son pocos los diálogos que Garro le otorga en todo el transcurso de la novela. Yo creo que la actitud distante y fría hacia el general era lo que lo tenía tan enamorado, o mas bien inmerso en un capricho de tenerlo todo.
Garro la “desaparece” de la historia reemplazándola con Isabel Moncada, a la cual no dota de todas las cualidades que pareciera, indirectamente, otorgarle a Julia.
Mujer a la mejor no infeliz, pero no satisfecha; respetaba el amor que le tenía el general, pero no parecía tenerle miedo, aún cuando fuera golpeada. Personaje que parece estar pensando en otro libro, bastante desconectado de lo que pasa en la historia, y sin embargo, personaje central. Mujer que al tanto al entregarse, como al ser distante acabó causando desgracias.
  • Nicolás Moncada .- Hermano de Isabel, joven celoso y sobreprotector. Quería mucho a su hermana, a pesar de siempre estarse peleando. Lleno de ganas de irse de Ixtepec y llevársela con él, se molestaba mucho cuando hablaban de la necesidad de casar “bien” a Isabel, tema clásico de esas épocas, en las que las mujeres eran valuadas por con que tan tentador “dote” (económicamente hablando, para evitar malentendidos) contaban.

LA PARCELA, LITERATURA II

La aparición de La parcela es tardía si recordamos que la tendencia literaria romántica, importada de Europa, tuvo su impacto inicial en las primeras décadas de vida independiente (El Colegio de México 3:301f). Recurso estético-ideológico de las nacientes burguesías, necesit¬adas de una identidad propia al contar ya con nación nueva, el romanticismo mexicano está eliminando el estorbo aristocrático, lo “rancio” de Europa, y retoma el criollismo, lo autóctono, popular y local de la masa mestiza, los basamentos lingüísticos regionales, en su afán de construir patria e identidad.
Estas tendencias burguesas nacionalistas impulsadas por el romanticismo, explotan por toda América durante el siglo XIX que presencia por vez primera la irrupción en la literatura, con temáticas y giros dialectales característicos de cada región geopolítica, del pueblo en gestación. Así, por ejemplo, a finales de los años treinta circula en Argentina El matadero, de Esteban Echeverría, con su retrato y habla de las capas laborales más inferiores que están conformando al gaucho, mestizo, héroe popular que cuarenta años más tarde va a ser magnificado por José Hernández en su Martín Fierro. Alberto Blest Gana refleja el Chile de mediados de siglo con un Martín Rivas provinciano y mestizo que triunfa y se introduce entre la burguesía santiaguina en ascenso. La década de los setentas atestigua el surgimiento de las Tradiciones peruanas, de Ricardo Palma, que muestran el deseo por reflejar y acercarse al pueblo retomando las costumbres y el folklor criollo y mestizo mediante un lenguaje sencillo, periodí¬stico, alejado del academicismo científico exclusivista también en boga. El esfuerzo va a ser secundado por el indigenismo—variante también del romanticismo latinoamericano—de Clorinda Matto de Turner con narrativas como Aves sin nido. En México, la reacción es comandada por Ignacio M. Altamirano, “el padre Hidalgo de las letras”, con discursos, periodismo y prosa literaria que desde los años sesenta insta a la creación de patria como en Clemencia, precoz novela histórica al rescate del heroicismo y el amor nacional en plena época postinvasión francesa.
Sin embargo, para 1898, fecha de aparición de La parcela, el impulso romántico nacionalista ya va en descenso y sus últimos estertores ceden ante el empuje del ritmo, luminosidad, la hipérbole y pretensión universalista del modernismo dariano. Además, Europa goza y padece el apogeo de las escuelas naturalis¬tas, realistas y psicológicas con Benito Pérez Galdoz a la cabeza para el caso español, conocido y puesto como ejemplo por el propio López Portillo en el prólogo de su novela (4). Así pues, Altamirano y su proyecto constructor de identidad ha cumplido gran parte de su función y tanto literaria como políticamente—en 1889 es nombrado embajador en Francia (Altamirano VII) —va siendo desplazado de la escena nacional. La retirada se presiente desde antes. Para la década de los ochenta, dice José Luís Martínez, se advierte un decaimiento del entusiasmo romántico de los primeros años y “el nacionalismo comenzaba a volverse pintoresquismo y color local” (El Colegio de México 3:322). Entonces, dentro del contexto naturalista-realista europeo, modernista latinoamericano y prerrevolucionario mexicano, es extraño el surgimiento de una obra como La parcela que tan sólo llama la atención por estrenar la temática del campo mexicano, recurso novedoso que remite a lo autóctono, folklórico y nacionalista, y se emparenta con el movimiento romántico un tanto ya obsoleto. La novela, pues, aparece literaria e históricamente tarde (Flores 12): La patria ha sido construida, sus escritores se vuelven modernistas o vanguardistas alejándose de lo regional y de la masa popular. Y, precisamente, el pueblo mexicano ha ya conformado una identidad quizá débil, pero definida, aprestándose ahora a buscar su independencia económica, lograda ya la política y cultural, para terminar de consolidarse.
Sin embargo, dentro de todo este contexto, el tema campirano de La parcela se comprende en función de los intereses del sector de la burguesía mexicana más estancado: la oligarquía terrateniente. Es curioso pero no casual que, precisamente por su contenido campirano, la novela cuente en su momento con defensores y admiradores. Éstos se refugian, superadas las pugnas liberales y conservadoras, en las capillas intelectuales que hacen esfuerzos desesperados por preservar los moldes románticos nacionalistas en respuesta a la vanguardia modernista acusada de apátrida y esteticista. Asimismo, unos provienen de la provincia y defienden a escritores ligados directamente a la dictadura porfirista promotora del latifundismo rural.
Victoriano Salado Álvarez (1867-1931) es un caso paradigmático porque desde Guadalajara, Jalisco, centro y asiento provincial del hacendado y del cacique mexicano, advierte sobre “la falsedad de aquellos refinamientos en un país como el nuestro”; directamente contra los modernistas, los califica de “imitadores serviles” y que con sus juegos verbales “condenan la literatura nacional a que se quede en pañales”; luego muestra su admiración “por los novelistas y poetas que siguen fieles a la doctrina nacionalista” como José López Portillo y Federico Gamboa (El Colegio de México 3:326), ambos empleados por el porfirismo en algún momento de su carrera.
En esta pugna intelectual finisecular, los modernistas van a ser más visionarios porque, despreocupados de nacionalismos, transformarán cualitativamente el curso de las letras no sólo latinoamericanas, sino hispanas en su totalidad satisfaciendo así las necesidades estético-ideológicas de las burguesías más avanzadas asentadas en los centros urbanos y comerciales más importantes. Por su parte, el sector intelectual estacionado aún en un romanticismo decadente, donde inevitablemente se ubica López Portillo y su admirador Salado Álvarez—Amado Nervo acusa a éste de populista, estancado, corto de perspectiva literaria (El Colegio de México 3:327)—hará los últimos esfuerzos que buscan afianzar un tipo de nacionalismo, de corte rural, útil al proyecto social y cultural de la burguesía agraria y anacrónica cuya existencia se percibe amenazada.
Es decir, si el modernismo sirve a la oligarquía capitalista, urbana, comercial e industrial, la terrateniente rezagada, que se está quedando sin un proyecto estético, se refleja todavía y demanda, para su defensa y justificación, la preservación del romanticismo nacionalista que a estas alturas, en contraste con el nuevo movimiento, resulta cursi, obsoleto, aunque necesario. Así, La parcela y su tema campirano se aferran a la antigua tendencia, sin que le afecten los cambios económicos y culturales nacionales y extranjeros, en favor de una clase terrateniente que, dado su anacronismo en la estructura social, va a ser fuertemente debilitada una década más tarde por un levantamiento popular que a la postre producirá después temáticas rurales más creativas, completas y convincentes: la novela de la Revolución. López Portillo, no pudo pues advertir que la tendencia nacionalista había tenido sentido treinta años antes, cuando el país necesitaba un elemento de cohesión espiritual, pero que—agrega José Luís Martínez—”ya no podía tener vigencia en aquella nueva sociedad que, gracias a la paz, comenzaba a descubrir la burguesía y el cosmopolitismo” (El Colegio de México 3:328).
La respuesta tardía y aferramiento al postulado romántico nacionalista, se refuerza en La parcela por su tratamiento, parcial e idealizado (Flores 8-12), que hace del campo mexicano. Porque si López Portillo aún está interesado en consolidar patria, es en favor de una oligarquía terrateniente y no hacia la mayoría campesina que, en efecto, aparece en el texto pero como por accidente, como un ente disperso, sumiso y apático. Esta visión idealizada se completa al representar caciques nobles, paternalistas, resaltando ciertas virtudes como para reivindicarlos socialmente; reproduce así a hacendados preocupados por sus angustias morales y disputas de honor semifeudal, dispuestos al perdón, enfrascados en sus pugnas internas, pareciendo evadir la situación y relación explotadora con sus subordinados. Nada inocente o ingenuo, el autor introduce el pretexto de la pugna por un reducido pedazo de tierra para manejar el tema campirano, mostrar la idealización, la capacidad de benevolencia caciquil, al tiempo que promueve la sumisión campesina en defensa de la élite terrateniente, protegida por el porfiriato y amenazada de hecho.
Si un problema fundamental de la narrativa mexicana decimonónica—y latinoamericana toda—en un período de definiciones sociales, es determinar quién habla y por quién se habla, el retraso romántico nacionalista de José López Portillo, su coqueteo porfiriano, explica y hace concluir que el narrador de La parcela habla con el filtro ideológico de la burguesía terrateniente, que se niega a extinguirse, y a nombre de la dictadura que la ha prohijado. Es una voz romántica tardía que habla en favor de la “paz” porfiriana porque, ya en decadencia, hay que preservarla ante una inminente amenaza de muerte. Es una voz nacionalista reivindicadora que hace esfuerzos un tanto desesperados, de aquí su aferramiento, por preservar una patria, un territorio, un feudo, es decir, la parcela ideal para la felicidad y seguridad del terrateniente explotador. Esa voz, al mismo tiempo, dada la ambición de acumulación, la codicia, la indiferencia hacia el campesinado, también advierte al terrateniente que si no se regenera corre peligro de extinción.
Es que esta voz es la proyección ideológica de un López Portillo que en la vida práctica establece vínculos con el régimen dictatorial de Porfirio Díaz a quien sirve como asesor de reserva en la banca de los “científicos” (El Colegio de México 3:222). Es la voz de un secretario de Relaciones Exteriores de Victoriano Huerta—victimario de Francisco I. Madero—voz perseguida “por los mismos revolucionarios”, voz, pues, de un López Portillo escritor que, a juicio de Mariano Azuela, el autor de Los de abajo, “no acierta con sus retratos de rancheros” (Diccionario de escritores mexicanos 199). Dado este origen ideológico, la voz narrativa de La parcela de inmediato entra en el texto planteando y defendiendo a la clase terrateniente; habla y se proyecta sobre el campo mexicano concentrándose en la élite. Narra así las pugnas de Don Pedro Ruiz y Miguel Díaz, dos poderosos caciques de la región de Citala, que disputan la propiedad de un insignificante pedazo de tierra—El monte de los pericos:
–No me agradezca la visita; vengo a tratar de nuestro negocio.
–¿Qué negocio?
–El que tenemos pendiente.
–¡Ninguno tenemos pendiente!
–¿Luego el Monte de los Pericos? ¿Tan pronto se le ha olvidado?
–¿Qué tiene usted que decir del Monte?
–Que quiero me resuelva de una vez, si me lo entrega o no me lo entrega.
–¿Para qué hablamos de eso? Mil veces le he dicho que ese monte es mío.
–Así lo dice usted; pero a mí me pertenece (15).
Y a ahí se estaciona, ahí se aposta a lo largo de la novela; el enfoque de esta voz narrativa no se amplía verticalmente, se queda en lo horizontal, domina su permanencia en las alturas hasta el final de la historia. Es por ello que los acontecimientos se limitan a una serie de acciones legales, políticas, económicas y familiares, de atentados violentos, a iniciativa de ambos terratenientes sobre todo de Miguel Díaz. Estas acciones tienden a preparar, a explicar el proceso de la definición del conflicto, creando cierta tensión y expectativa, que se resuelve en favor de Ruiz (311). Asimismo, mediante esa visión desde arriba, la voz narrativa va a introducir e intercalar especies de subtramas que, lo que ya no sorprende, no tienen que ver directamente con la problemática campesina colectiva: el proyecto nupcial de Gonzalo Ruiz y Ramona Díaz, hijos respectivos de cada uno de los contendientes, pospuesto por la pugna predial; las peripecias de los abogados Jaramillo y Muñoz; los festejos triunfalistas de Miguel Díaz; los amoríos cursis de Estebanito y Enrique Camposorio con Chole. Casi todo gira en torno a la vida de las haciendas, en una “perfección ideal” (Flores 10), con rasgos paradisíacos, “verdadera arcadia en la que el hacendado es un bondadoso padre” (Carballo X), tan sólo desestabilizada por el pretexto de la disputa predial.
En contraste, esta voz narrativa, este enfoque, acorde a su propósito ideologizante, evita el descenso vertical, la bajada hacia los caseríos de los peones explotados, subempleados, desposeídos de sus propias tierras que en la realidad protestarán violentamente en el movimiento armado de 1910. La novela se limita a mencionarlos como de paso, rasgo que para cierta crítica basta para considerar la obra como completa en mostrar la panorámica general del campo, tenuemente contestataria (Carballo X-XI). Así, la voz narrativa ofrece una visión tergiversada del campesino, el cual surge, sí, pero envuelto en la sumisión y la apatía, al servicio del terrateniente de quien rara vez se queja. La narración se digna en conceder expresiones coloquiales rurales—”jué”, “soy probe”, el “fuez”, “váyase de priesa”—como para justificar su romanticismo hacedor de nacionalismo. Es un pequeño intento de reproducir el habla del trabajador anónimo porque apenas se escucha, surge despersonalizado, sin desarrollar un carácter propio de su problemática y de su psicología, lo cual contrasta con el amplio tratamiento que se hace del cacique. Aparece un “montero”, un “caporal”, un “aguador”, por lo general pasivo y servicial, casi siempre dependiente y subordinado al poder del “amo”, de sus leyes, de su economía e ideología semifeudal, de todo su aparato de control. La parcela, así, elimina del panorama novelado todo rasgo de queja campesina, reforzando el carácter ideal de su discurso; no incluye ninguna posibilidad de rebelión como queriendo paralizarla porque en la realidad se escucha ya el zumbido alarmante de la revolución. Sumisión, dejadez, conformismo campesino son proyectados por ambos patrones pero reproduzco aquí la visión de don Pedro Ruiz porque, en el maniqueo manejo que se hace de ambas figuras, él es, a diferencia de Miguel Díaz, el cacique “benévolo” de la novela (Carballo X):
–Yo no sé de esas cosas; lo único que hago es servir al señor don Pedro, que es mi patrón (39).
Y:
Allí le esperaban los caporales con don Simón a la cabeza, todos montados y armados. Al aproximarse, (don Pedro) les dijo:
–¿Están ustedes dispuestos a hacer cuanto les mande?
–Sí, amo–respondieron.
–Pues síganme–ordenó lacónicamente (81).
Portada de “Arenas Blancas” donde originalmente se publicó este ensayo
La diferencia entre ambos caciques en cuanto a su trato con el campesino no se distingue. Aunque en contradicción entre ellos, ambos tratan idénticamente a su peonada. El descarriado Díaz, amo más abusivo, antítesis de don Pedro, versión contraria del patrón paternalista y bondadoso a quien se ha de reformar, trata igual que aquél a sus subordinados. Hablando sobre don Pedro, diálogo que muestra las virtudes de éste, Díaz les recrimina:
–¿Y ni siquiera les dio una buena cintareada?
–No amo, ni an siquiera nos atacó el pelo de la cabeza.
–Es una lástima porque lo merecían por estúpidos (116).
Fiel a su perspectiva desde arriba, esta voz narrativa rehúsa pues expandirse, ampliarse, bajar, por ejemplo, a los campos de cultivo con toda su crudeza, a los caseríos de miseria, a las jornadas de sol a sol, a los derechos de pernada, al pago salarial o a las tiendas de raya. Sale ocasionalmente de las haciendas respectivas, del paraíso, rumbo a las calles del puebo de Citala pero para seguir a Pedro, a Miguel, o a cualquiera de sus incondicionales y familiares accionados e influenciados por la trama del conflicto predial.
El panorama, por lo tanto, resulta incompleto y tergiversado, magnífico para la idealización porque la negativa a retratar la crudeza campesina, sustituida con los cuadros de sumisión y apatía, no es un simple descuido de apreciación o enfoque. No es ingenuidad o inocencia narrativa, sino que se trata de un reforzamiento para la defensa del régimen terrateniente que se encuentra amenazado por las mismas masas que la novela oculta. Ante la amenaza de la revuelta, la voz narradora prefiere ocultar al campesinado, lo rechaza de la trama central, como deseando eliminarlo del mapa rural que pronto cambiará su conformación en la realidad. De esta manera, la voz narrativa pretende ser romántica al mostrar veladamente cuadros autóctonos, y realista al plantear una pugna campirana. Pero su concentración en las alturas, el tratamiento exclusivo de la disputa inter-caciquil, y no entre explotador-explotado, esquiva y evita la presentación de una cruel lucha de clases como si por ausencia, por su falta de tratamiento en la novela, se eliminara de la vida real.
La voz narrativa también defiende la ideología moral-cristiana de los terratenientes, no sólo su régimen de propiedad. Eliminada o tergiverzada la presencia campesina, entra al rescate de esa moral precisamente mediante el tratamiento de la parcela en disputa, territorio tan pequeño que los mismos caciques consideran de escaso valor en relación a sus grandes propiedades. Es que en verdad no importa el predio ni su tamaño, inclusive ni siquiera su demarcación territorial, como lo dicen ellos mismos—”¡Ya lo creo que no vale nada!”, confiesa don Pedro (36); “la cuestión es precisamente de derechos”, reconoce don Miguel al cura (146). Lo que verdaderamente importa es el significado moral de la disputa. La dimensión del problema no es, pues, de carácter económico, sino de pérdida o debilitamiento de los valores cristianos.
La disputa por el pequeño predio es únicamente el pretexto narrativo útil y necesario para exponer las dos versiones del terrateniente—”El Monte no es más que un pretexto. Si no fuera por él, sería por otra cosa”, comprende Ruiz (35). En un juego y manejo maniqueo de caciques, se presenta uno benevolente y bondadoso, Pedro Ruiz, en contraste con otro más despótico, ambicioso, inhumano y lleno de orgullo pecaminoso como lo es Miguel Díaz (Carballo XI). La voz narrativa, entonces, se preocupa por defender al primero, criticar y regenerar al segundo. Es así porque Díaz, lleno de codicia y envidia, rompe la moral cristiana y desencadena una serie de acontecimientos que desarmonizan el paraíso de las haciendas. Don Miguel está desestabilizando la base ideológica de bienestar y tranquilidad y hay que entrar entonces a su rescate, a su regeneración, antes que todo el tramado se derrumbe y la maldad llegue a generalizarse y provocar un posible resquebrajamiento del sistema terrateniente, el levantamiento campesino. Don Miguel entonces, después de saciar sus impulsos de orgullo herido—denigrar a don Pedro con su desconfianza, ponerle un litigio de propiedad, organizar una fiesta triunfalista, castigar a sus peones, el conato del derrumbe de una presa, actos que bastarían para aniquilarle en definitiva—como por arte de magia, gracias a la fuerza de la virtud cristiana, es finalmente perdonado en forma absoluta por don Pedro Ruiz quien le retira todos los cargos, hasta el de una acusación de asesinato:
–¡Compadre, un abrazo de paz!
Díaz se quedó estupefacto, sin comprender lo que oía.
–¡Vamos—repitió don Pedro—un abrazo, compadre! Todas han sido puras locuras; no volvamos a hablar de ellas. Quiero que sigamos siendo amigos (394).
El resultado es que regresa la armonía, la posibilidad ideal de proseguir indefinidamente en el paraíso sin amenazas latentes de ninguna especie. Porque todo se restablece. La regeneración repentina de Díaz, foco del mal, la capacidad de perdón de Pedro Ruiz, virtud pacificadora, solucionarán milagrosamente todas las problemáticas pendientes: Ramona y Gonzalo al fin se casan; el licenciado Jaramillo corrupto es derrotado; el abogado de don Pedro, Muñoz, es reivindicado; el juez pecador Camposorio es descubierto por Chole y ésta decide su amor por Estebadito; y hasta los peones terroristas que atentaron contra la presa son liberados por don Pedro. Queda así el mensaje de que, dado el restablecimiento, el elemento desestabilizador no radicaba en la disputa en sí del predio, desapego cristiano de las cosas mundanas, sino en el alejamiento y olvido de la moral cristiana que las cosas materiales siempre pueden provocar. La víctima de ello era don Miguel quien, de envidioso, orgulloso y prepotente en exceso, acaba regenerado, cristianizado, radiantemente bendecido por el perdón de todos. Es decir, se concluye que el abandono de los principios cristianos es fuente de inestabilidad personal y social.
Sin embargo, queda un caso pendiente. La muerte de Roque (341), peón de Pedro Ruiz, perpetrada mediante ley fuga y ordenada por don Miguel Díaz, queda impune. Y aquí cabría una interpretación simbólica: Roque victimado representa al pueblo; Miguel Díaz, el cacique regenerado, encarna a la dictadura de don Porfirio, después de todo hasta los apellidos coinciden; y la parcela es el propio país, México. En este juego de símbolos, la novela entonces estaría reforzando su llamado de advertencia, su exhortación a la regeneración del régimen porfirista que está cometiendo de hecho, como Miguel Díaz, el pecado de la acumulación, la avaricia excesiva. Si el régimen no se recompone, si no disminuye la pecaminosa ambición capitalista que encabeza la dictadura, el sistema terrateniente corre peligro, como la inestabilidad creada en las haciendas por la envidia de don Miguel. Si la oligarquía rural no se regenera, se consolidará una burguesía urbana y pro extranjerizante, criticada por el romanticismo tardío y defendida ya por el emergente modernismo. Si ocurre la regeneración del régimen porfirista, se asegura la parcela mexicana, no importa que queden impunes muertes insignificantes como las de Roque, muertes del pueblo, muertes ocultas y necesarias para que continúe la explotación al infinito. No importa una que otra muerte de un peón, lo que importa es asegurar la permanencia del paraíso terrateniente. Alguien, pues, muriendo o trabajando, como en la novela, tendrá que sacrificarse para beneficio de los señores hacendados que a finales del siglo XIX se niegan a desaparecer…